Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 18 Febrero, 2010


Vericuetos
Peloteros y bombetas

Los ticos somos muy particulares. Tenemos cosas muy buenas y algunas no tanto, pero lo que más llama la atención es lo peloteros que somos. No hay lugar en que suene una bombeta que no haya un tico bineando. No importa que sea un festejo o una tragedia de incalculables proporciones, siempre habrá uno de nosotros ahí, por pura casualidad o porque, quién sabe cómo, fue el primero en enterarse, incluso antes que los bomberos, los policías, los invitados y hasta el homenajeado.
¿Que no? Vamos a ver. ¿Se acuerdan los más viejillos de la muchedumbre que colmó el Paseo Colón cuando vino el presidente Kennedy? Fecha memorable porque precisamente fue esa misma mañana cuando el cielo se cubrió del gris de las cenizas del Irazú. Aunque parezca mentira, fueron miles también los que hacían expediciones a las cercanías del volcán para presenciar, de primera mano, las erupciones nocturnas y el rojo incandescente de las piedras que caían alrededor de tales aventureros-bombetas.
Y qué dicen del gentío que se congregó el día de la apertura de la General Cañas. Parecía que la turba nunca había circulado en carreteras asfaltadas.
Nada iguala, de la memoria más reciente, el primer aterrizaje de un Jumbo 747 que la Pan American trajo al Santamaría en octubre de 1976. Porque andaba de chismoso por otros lados, me perdí el acontecimiento del siglo. Reseñan los periódicos que el gentío literalmente ahogó la “pista” de romeros que no querían perderse la oportunidad de ver semejante armatoste en tierra patria; y, no puedo garantizarlo porque no lo vi, pero también me comentaron que la gente se metió a la rampa y que incluso alguno más atrevido, llegó a tomarse su fotica sentado en la turbina del avión, ante la incrédula mirada del asustado capitán. Ya me imagino la cara de terror de los gringuitos y gringuitas de la tripulación tratando de explicarse en qué habrían fallado sus cartas de navegación y por qué habían aterrizado en ese paraje salvaje de cualquier sabana africana y no en la civilizada Costa Rica.
Ni hablar tampoco de otros chunches emblemáticos que aterrizaron en El Coco y que quizás hasta tuvieron que sobrevolar la pista para ahuyentar a la mozotada, como en Antonov 124, el avión más grande del mundo en 1994, el US One en el 97 y el Concorde en el 99. Qué gentío. Parecía que estaban regalando algo detrás de la malla ya invisible del perímetro aeroportuario.
Es que no queremos perdernos turno, pachanga, la oportunidad de tomarnos la foto y, por supuesto, el ser testigos presenciales, de primera mano, de cuanto acontecimiento merezca ser tema de conversación con los vecinos, la familia y los compas de trabajo. “Juamialma, viste qué clase de chunche el avionsote ese de Clinton, el iuesguan…”.
Antes había que ir al Paseo Colón a ver a Kennedy en persona saludando con la mano porque los teles eran muy pocos y quizás no transmitían en vivo tan magno evento. Ahora la televisión digital hasta nos mete el personaje en la casa, pero la verdad es que no hay nada como estar ahí mismo, viendo y oliendo de primera mano.
Por eso, porque somos un montón de bombetas, a mucha honra, es que fue ese gentío a ver, tocar y rodar por la carretera nueva a Caldera, pero también porque nadie nos puede quitar el derecho humano a ser testigos presenciales de un evento por el que nos hicieron esperar más de 30 años. Yo no he ido, pero ya casi me echo a pista.