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Miércoles 11 Junio, 2014

Dejo así plasmada la problemática, con la esperanza de que este mensaje llegue a las manos de algún legislador con visión de poner al día un instituto del Derecho


Peloteando

Cada cuatro años, con el comienzo de la nueva legislatura, escuchó pacientemente el listado inflado y empalagoso de los cientos de proyectos de ley que ocuparán la atención de nuestros congresistas, y con un aire de decepción que ya se me va haciendo costumbre, veo como pasan las hojas del calendario sin que a ninguno de ellos se le ocurra siquiera revisar los extensos compendios de normas y procedimientos que se añejan y oxidan en las bibliotecas de nuestro olvido.
Es así que apoyado en la coyuntura política que recientemente vivimos y entusiasmado con las promesas de una nueva Costa Rica llena de ideales revisionistas, se me infló un tanto la esperanza y decidí unirme a ese eco renovador con este simple pensamiento.
A pesar de que nos pavoneamos ante el mundo como un país vanguardista en materia legal y en cierta forma los somos, aún existen dinosaurios jurídicos que opacan esa luz de primer mundo que intentamos irradiar.
Hay cientos de ejemplos de esta momificación legislativa, pero traigo a acotación el famoso ejemplo que me dio el Dr. Víctor Pérez Vargas en mis primeros años de carrera. Citó así el texto del artículo 488 de nuestro Código Civil que reza: “Por la caza o la pesca se adquiere el dominio de los animales fieros o salvajes, reputándose tales aun los domesticados que han perdido la costumbre de volver a la casa de su dueño. Las abejas no pueden ocuparse mientras el dueño persiga el enjambre, llevándolo a la vista” .
¿Se imaginan ustedes a dos personas persiguiendo un enjambre y el zambrote de establecer quien realmente las tenía fijadas con la mirada? Eso mismo que acabamos de leer es Ley de la República y como bien decían los romanos, la Ley es dura pero es la Ley.
Y aunque quizás algún beneficio se le puede extraer desde el punto de vista doctrinal y de historia del derecho, dudo que la norma tenga mucha aplicación en los verdaderos problemas que actualmente estamos enfrentando.
Dejando a los antófilos de lado —para evitar picaduras engorrosas— basta que llevemos nuestras mentes a los dos principales puertos del país, Caldera y Moín.
Mientras el país entero se debate en la necesidad imperiosa de dotar a estos puertos con la infraestructura que demandan las relaciones comerciales internacionales, en el foyer de la Asamblea Legislativa se ignora que en nuestro país seguimos aplicando un Código Marítimo de 1853, año mismo en que el propio general William Walker invadió Baja California con un grupo de filibusteros.
Bastantes años han pasado desde entonces, pero nuestras leyes del mar quedaron tan petrificadas como la propia estatua de Juan Santamaría, y dentro de sus 410 artículos encontramos epopeyas que nos hacen recordar al pirata Morgan, barcos que se hacían a la mar únicamente con velas y cofres llenos de monedas que en nada se parecen a los miles de contenedores que diariamente entran y salen de nuestras costas.
Dejo así plasmada la problemática, con la esperanza de que mi botella con este mensaje llegue a las manos de algún legislador que tenga la visión de poner al día un instituto del Derecho que naufragó desde hace años, y cuyos restos flotan a la deriva en busca de un valiente que los rescate. Igualmente dejo plasmado mi compromiso de hacer yunta con quien se anime a echarse esta travesía conmigo.

Abraham Stern F.

Pacheco Coto