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Lunes 8 Noviembre, 2010

PARLATICA
Agüizotes

Hoy escribo mi columna ilusionado. El equipo de mis amores, el Club Sport Cartaginés, ha clasificado en la ronda final y la esperanza de ser campeones me emociona.
No lo somos desde 1940 y recuerdo la alegría de mi padre cuando lo logramos.
Quizá ya llegó la hora de vencimiento del maleficio que, según algunos, pesa sobre el equipo.
Hay quienes afirman que La Negrita se enojó y nos castigó porque al campeonizar en aquel entonces, los jugadores se tomaron unos traguitos de más y se llegaron a La Basílica a dar las gracias medio jumaditos y en pantaloneta.
Otros dicen que un brujo malvado enterró un muñeco yetaturico y nos malefició, haciendo que no se pueda llegar a ser campeones hasta que no se desentierre el agüizote.
¡Pero ojo!, dije agüizote, palabra muy usada en la parlatica para designar maleficios, brujerías, talismanes y hasta creencias mágicas.
Agüizote, agüizotear, agüizoteado, son palabras siempre presentes en nuestras charlas cotidianas, pues somos pueblo bastante creyencero.
El vocablo deriva del nombre con que fue conocido el último monarca azteca capaz de llegar a terminar su reinado. Le sucedieron Moctezuma II, su sobrino derrotado y capturado por los conquistadores, y su hijo Cuauhtemoc, héroe de la resistencia final de los mexicas.
Se dice que el rey Ahüizotl era hombre cruel que se complacía en torturar a sus enemigos causándoles una muerte lenta y dolorosa.
Pero el sádico personaje tomó el nombre de un animal mitológico de los nahuas, el monstruo Ahüizotl, mezcla de mono y perro de filosos dientes, poderosas garras en manos simias y una mano más al final de la cola, con la que asía y arrastraba sus víctimas hasta las cuevas ubicadas en el fondo de los pocerones donde vivía y devoraba sus prisioneros.
El encantador animalito era además todo un gourmet, pues sólo se comía los ojos, las uñas y los dientes de los cautivos.
Horrible bicho, horrible historia, pero las leyendas y las tradiciones de los pueblos tienen por lo general, un fin bueno para la cultura que las produce.
Recordemos que Tenochtitlán, capital del imperio, estaba rodeada por un lago y que los dominios aztecas estaban cruzados por muchos caudalosos ríos, exponiendo a los chiquillos de entonces a morir ahogados o devorados por los cocodrilos. Así, con la historia de semejante monstruito, los güilas de aquellos tiempos no se atrevían a acercarse solitos al agua.
Conocer y respetar las leyendas es parte importante de cada cultura.
Pero volviendo al tema, quizá ya los brumosos estén libres del maleficio. Al cabo Ahüizotl era un monstruo, y a los monstruos no les ha ido bien por los estadios este año.

Abel Pacheco