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Lunes 22 Noviembre, 2010

PARLATICA
Tútiles

Fue la fortaleza de los africanos la que pudo vencer nuestra selva caribe, para abrir trocha, sembrar durmientes y rieles, y darnos un ferrocarril hasta Limón y más allá, brindándonos una puerta fácil para acceder al mundo.
Se dice que por cada durmiente colocado, hay enterrado un muerto.
Antes de la llegada de los trabajadores venidos de Jamaica, Martinica, Trinidad y otros rumbos, habíamos fracasado en esa empresa los criollos y grupos venidos de China e Italia. La selva nos había vencido a todos.
La gente tiende a creer que esto ocurre por acción de cocodrilos, serpientes, jaguares y otras fieras, pero no es así. El ejército defensor de la jungla lo conforman básicamente seres microscópicos, invisibles a simple vista.
La fiebre amarilla, las disenterías, el paludismo, los hongos que destruyen la piel de los pies, la leishmaniasis y muchos otros mortíferos minibichos acechan al hombre cuando invade la jungla.
En las postrimerías del siglo XIX, cuando Italia cruzaba por una muy difícil situación económica, ofreciendo maravillas en cuanto a condiciones laborales, salario y otras gangas, nuestro gobierno y la compañía constructora del ferrocarril, trajeron a nuestro caribe a un nutrido grupo de trabajadores italianos.
Por supuesto que en vez del paraíso prometido, encontraron un infierno. Los campamentos eran barriales, la comida un amasijo incomible, la atención médica ausente, la paga no llegaba, y todo esto vivido en un clima de lluvia y calor, acompañado de serpientes, zancudos, fiebres y demás calamidades.
Valientes como eran, trataron de cumplir…
Según dicen cada mañana el capataz preguntaba: “¿Dónde están los trabajadores?”, y alguno respondía en su lengua nativa: “¡Tutti li, tutti li!”, es decir: “¡Todos ahí, todos ahí !”. Y desde entonces, gracias a esa frase, en ticoparla los italianos pasaron a llamarse “tútiles”.
Después algún chusco inventó lo de “Tútile manyare la gallina verde, qui parla come la gente”, pues por las hambres pasadas en los campamentos se veían obligados a comer loras. No sé si es cierto pero “si non e vero…”.
Por fin, aburridos de tanta desgracia y diezmados por plagas y accidentes, un día botaron picos, palas y macanas y marcharon rumbo a la capital.
La población de la zona alta del país recibió con cariño a aquellos hombres andrajosos. El gobierno trató de remediar la “torta” repatriando algunos.
Pero por buena suerte la mayoría se quedó con nosotros convirtiéndose en excelentes artesanos, agricultores y pequeños empresarios.
Por eso al examinar nuestro padrón electoral, o nuestro directorio telefónico notamos la presencia masiva de nombres italianos.
Por eso también en algunas zonas donde muchos de ellos permanecieron (como Paraíso), la población muestra rasgos europeos marcados, no precisamente hispánicos. Tienen merecida fama de muy bellas las paraiseñas!
También quedó huella en la ticoparla pues cuando decimos “chopo” por revólver, estamos achayotando el vocablo italiano “schioppo”.
Me despido con un “chao”, para cerrar tutílicamente.

Abel Pacheco