Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 4 Marzo, 2015

Regulada. No prohibida, me aclara el padre Meneses. Aletas mercadeadas a partir de la pesca de tiburones de muchas variedades


Hablando Claro

Para pensar dos veces

“Los pescadores no son depredadores”. De entrada el padre Gustavo Meneses, afirma la convicción que llevó al presidente Solís a ubicarlo al frente de Incopesca, una institución creada para propiciar las condiciones adecuadas para la extracción sostenible de recursos marinos, pero venida a menos desde siempre. Hasta ahora.
Hasta ahora que para sorpresa de todos y estupefacción de algunos, su criterio ha sido valorado por encima del criterio docto de un consejo de autoridades científicas nacionales que defiende la necesidad de que el país cumpla el compromiso adquirido en una convención internacional para no permitir el mercadeo de aletas de tiburón martillo, una especie en peligro de extinción cuya comercialización está siendo regulada.
Regulada. No prohibida, me aclara el padre Meneses. Aletas mercadeadas a partir de la pesca de tiburones de muchas variedades. Tiburones completos para decirlo de modo que entendamos los del vulgo. No del aleteo; esa práctica horrenda que lleva a los inescrupulosos a cortar las aletas (que son el delicatesen de la transacción) y botar el resto del cuerpo vivo y doliente por cuanto quita espacio y no representa tan buen ingreso.
Por cierto, y vale la pena decirlo, el tiburón es carne barata. Tanto, que es la proteína de pescado que más consume el tico. Claro que sabe mejor la corvina reina, el atún, el salmón, la merluza… Pero el precio es prohibitivo para la inmensa mayoría.
Volviendo a la repudiable práctica del aleteo, este no es el caso, insiste el prelado que decidió quitarse la sotana por cuatro años para tirar la red y recoger al menos una porción de recurso de sostenimiento para sus protegidos: los pescadores del Pacífico costarricense. Y ahora le toca pescar en las aguas turbulentas de las luchas ambientales. Luchas fuertes, de mucha voz y también de buenos recursos. Y mayor atractivo.
Porque hablar a favor de los tiburones es mucho más glamoroso que pronunciarse a favor de los pescadores o peor aún, de la empresa exportadora. Hablamos de alrededor de 15 mil en el país (entre permisionarios e irregulares), 73% de ellos concentrados en Puntarenas.
Mientras la batalla por protocolos y reglamentos continúa, los ambientalistas están pegándole duro al Gobierno, acusándolo de convertir al país en hazmerreír internacional por haber dado la lucha contra el aleteo y no prohibir la comercialización de todas las aletas, incluso de aquellas que son parte de la pesca total.
Y aunque sean dos cosas distintas y el padre Meneses recrimine que no se vale torcer la verdad, la suya es una lucha cuesta arriba. Porque, como él mismo dice, tiene de interlocutor enfrente la poderosa imagen de los tiburones desvalidos.
Una imagen más efectiva que el argumento del derecho al desarrollo de la pesca responsable y sostenible que proclama la FAO, el credo que sigue ahora el sacerdote para que los invisibilizados pescadores sigan sosteniéndose legalmente. Fuera del garfio de los grandes piratas mundiales de la pesca ilegal y también del narcotráfico. Que pescan muy bien en las aguas de la protección medioambiental.
 

Vilma Ibarra