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Viernes 14 Marzo, 2008

Para bien, para mal


En el partido de la vida, tenemos una esencia que siempre estará en nuestro juego para bien o para mal. El orgullo es una de las esencias que traemos desde que nacemos. Pero el orgullo es uno de los que ingresan como titular en los partidos de la vida para bien o para mal.
Para bien, es el componente del juego que permite que seamos un jugador valioso, el jugador “fair play” del partido contra la humillación, la indignidad o algún golpe en la espinilla de la autoestima que otra persona quiera hacernos. Es lo que hace que nos driblemos todos los ataques y, al hacer esto, el orgullo nos hace ser más fuertes, valiosos, especiales y únicos. Un jugador como Ronaldinho o Messi del Barcelona.
Pero, así como funciona en momentos en que nos hacer ser “grandes”, puede hacer que nos convirtamos en villanos del juego. Es decir, para mal. Esto puede suceder si nosotros lo decidimos. Decidimos si queremos ser el jugador con más faltas realizadas, con dos tarjetas amarillas y la roja directa por afectar a otras personas en la cancha de fútbol llamado compañeros, amigos, familiares o sociedad.
Si optamos por el mal, los frutos del orgullo se resumen en ser el jugador más pleitero, amenazador, terco, irresponsable, vociferador, engreído, egoísta, provocador y sobre todo falto de entendimiento.
Se resume en esto, el partido comienza y empezamos a decidir. Optamos por que el orgullo nos controle. Viene el primer adversario con el balón llamado algún asunto de la vida, te burla fácilmente y empezamos a buscar pleito: “por qué me burlas, crees que soy tan malo en este tema, no crees que pueda hacerlo mejor que tú”. Son los pensamientos que nos pasan por la cabeza.
Luego nos llega el balón y decimos: “soy el mejor, nadie me quitara el balón, por eso me lo pasaron”. Alguien grita: “pásela por aquí”, y pensamos “no, no se la voy a pasar. Este qué se cree, si es tan malo que no podrá hacerlo mejor que yo”. Entonces por más solo que este el compañero de nuestro equipo que nos grita, seguimos siendo tercos, creyendo que aunque tengamos cuatro defensas a nuestro alrededor vamos a poder burlarlos y anotar.
Cambiemos de escenario. El balón está en el lado de nuestra cancha y nos anotan. ¿Qué hacemos? Vociferar a los compañeros: ¡Malos, por qué no lo marcaron, por qué no lo detuvieron, o le hubieran halado la camiseta, era la bola o el jugador, pero ambos no; ustedes son todos unos malos! Vociferar en lugar de ir a ayudar al equipo, luego de que nos quitaron el balón al creernos lo máximo.
Pero, lo último que notamos es que la mayoría de estos frutos los hicimos en público, en el partido final, a estadio lleno, donde las cámaras de televisión grabaron todo y nuestros seres queridos se ocultan avergonzados al ver tal actuación. Faltos de entendimiento al no detenernos y saber cuál decisión es la mejor, cuál decisión elegir.
Estos son los frutos de esta esencia que traemos en la mochila nuestra desde que nacemos, pero somos nosotros los que decidimos si es para bien o para mal.

Sergio López Murillo
[email protected]