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Sábado 5 Enero, 2008

¡Ostras!… ¿Y los latinos de Europa?


Carta a la madre patria: Las 24 horas del día no dejo de sorprenderme respecto del uso del término o gentilicio “latino”.
Pregunto, ¿no es que los habitantes del río Bravo hacia el sur —o Grande según los estadounidenses— somos latino americanos, precisamente, por ser americanos descendientes de españoles, portugueses e italianos? Bueno, y por qué no, de franceses y, diay, incluyamos a los rumanos, que también son latinos, y por aquí los habrá, unos cuantos.
Entonces, ¿por qué por esas tierras españolas y las de vuestros vecinos, los parientes de Enrique el Navegante, de Napoleón el cabalgante, de Julio César, el romántico incurable y de… ¡Gulp!, de Dráaa... de Drácula el gourmet de la sangre, se refieren a nosotros como los latinos, esos de allá, al “otru llau” del Atlántico?
Por ejemplo, poniendo los pies sobre el aaagua…¡mmm!... sobre el suelo, tenemos claro que ustedes se refieren a la música nuestra, como música latina, pero no es que la mezclen con la vuestra, pues para ustedes, en Europa, sencillamente, la vuestra es música española o francesa, italiana, portuuu… ¡bueno!, simplemente, lo latino, para ustedes, es lo nuestro y no lo vuestro.
Yo les pregunto a mis paisanos, acá, si será que nosotros los de América —nombre latino, por cierto, como aquel que vino y los que le acompañaron hace unos quinientos y tantos años—, no hemos hecho una digna representación de la sangre latino europea? Porque ustedes no se esmeran por hacerse llamar latinos. ¿Les dará pena? No lo discuten, ni nos reclaman el térmico en cuestión.
Los teutones sí, sí se ufanan de ese nombre, teutón. Los vikingos se sienten bien con que así se les llame y señale. Y por ahí sigue el desfile de gentilicios, a los cuales, en Europa nombran y a mucha honra. No hay tregua ni descanso si se tratase de llamar a los ingleses, anglos. O a los húngaros, magiares, o a los polacos, ¿polacos?... ¡Oooh!, a las españolas, ¡guapas!, ¡guapas!
Pues sí, ¡a ver si un español se hace llamar latino! Ni que gilipollas, dirá —salvo casos muy escasos—. ¿Y un francés?... ¡Galo, galo monsieur!, responderá. ¡Ah!, entonces, me preguntaría yo, una puertorriqueña será, ¿latina o boricua?
Así avanza, en breve, la historia de los gentilicios que nos competen.
Aquí, en América, también estamos bien re-programados, y como americanos solo tratamos o llamamos a los estadounidenses, o anglosajones de América. ¿Nosotros? Muy felices, con arrebatarles en exclusiva a ustedes o a vosotros el llamado latino... ¿Americanos?, los de Estados Unidos. ¡Increíble, pero cierto, nosotros mismos nos consideramos americanos arrimados, no legítimos!
A propósito, ¿los estadounidenses estarán enterados de que América es un nombre latino, latino de pura cepa?
Mmm... ¿Que el gentilicio estadounidense no existe en inglés? ¡Oops, eso es por gusto de ellos! Y nosotros les seguimos la corriente. Pero tomemos en cuenta que en español bien pronunciado, así se dice: estadounidense.
Desde Groenlandia hasta Argentina, ¡todos somos americanos! Va de nuevo: término latino, como los que descubrieron el camino hace 515 años.
Y retomando: ¿Latinos?, nosotros, los de México hacia el sur y vosotros los de Europa pues, ¿no es que somos de los mismos? Claro, excepto, los dueños originales de estas tierras, quienes ahora llevan vidas marginales, no paralelas.
En fin, el recordar con claridad nuestras raíces, y lo que somos y cómo somos, nos orienta por la vía geográfica, mental y moral. No es cuestión de disputas, de resentimientos o malos modos, ¡nunca!, es cuestión de no estar desorientados.

Warren Lee
Escritor