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Una visión del futuro, desde la perspectiva de cuatro expresidentes costarricenses, presenta esta semana LA REPÚBLICA

Óscar Arias

Hablar de política...

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Gerson Vargas/La República
Lo que debería hacerse desde una silla presidencial, es hablar de política.
Tanto de teoría política como de política pública.
Y eso pasa por aceptar que los hombres y las mujeres son capaces de organizarse en libertad y regir su convivencia pacífica bajo el mandato de su propia soberanía.
Por aceptar que el verdadero buen gobierno, por inaprensible y por difícil que sea, es una aspiración legítima en la marcha de los pueblos.
Por aceptar que en materia de gobernabilidad y de buen gobierno, aunque Costa Rica ha andado un largo trecho, nos queda todavía mucho camino por recorrer.
Empecemos por hacer un poco de teoría política.
Entiendo perfectamente el ánimo que empiezan a generar las próximas elecciones en el país.
Creo, sin embargo, que con ese mismo ánimo con que seguimos los debates presidenciales y las plazas públicas, debemos reflexionar, con absoluta sinceridad, por qué ese interés por la política se desvanece rápidamente después de las elecciones.
Y peor aún, por qué incluso la ilusión en las elecciones mismas se ha ido desvaneciendo.
En pocas palabras, ¿importan para Costa Rica las próximas elecciones presidenciales?
Claro que importan.
Ahora, ¿debemos centrar nuestra atención únicamente en las próximas elecciones presidenciales?
La respuesta es no.
La situación política en el país es más compleja de lo que era hace 20 años.
Como expresidente de la República en dos ocasiones, puedo afirmar que los problemas del país —y sus soluciones— no encuentran respuestas exclusivamente desde el despacho presidencial.
Es necesario monitorear y exigir el mismo nivel de competencia y transparencia a los candidatos a diputados, que a los candidatos a presidente.
Lo mismo podemos decir de quienes desde el Poder Judicial y las instituciones de control, toman decisiones trascendentales para el futuro de millones de costarricenses.
También, de quienes desde los sindicatos o medios de comunicación terminan, configuran una realidad política a la medida de sus intereses.
Es cierto que las decisiones que tome —o que no tome— quien ostenta el cargo de presidente de la República, definen el rumbo del país.
Pero es cierto, también, que sus decisiones son de corto o largo alcance, dependiendo de otros actores y de su capital político.
Es momento de reconocer que nuestro modelo político en la ley no es precisamente el que funciona en la realidad.
Podemos decir que está desgastado, pero podemos también ser más categóricos y afirmar que el esquema republicano diseñado por el constituyente de 1949 ha sufrido cambios sustanciales, por lo que no podemos pretender que los gobiernos actúen de la misma manera que hace, ni siquiera, diez años.
Junto a la pregunta ¿quién gobierna en Costa Rica?, debemos hacer también la pregunta ¿cuál es el tipo de Estado qué tenemos?
Son dos preguntas difíciles de contestar, pero que no podemos ignorar.
Recelosos frente a los proyectos de reforma gubernamental, los costarricenses hemos cometido el error de creer que el riesgo de sufrir una reforma estatal o política perniciosa, es lo suficientemente elevado para justificar la permanencia del statu quo.
Ello ha obstaculizado el progreso del país.
Hace falta que nos detengamos a pensar, con herramientas técnicas y académicas, cuál es el arreglo institucional que más deseamos y que más nos conviene.
Pero al mismo tiempo que intentamos mejorar nuestro sistema político, alguien tiene que gobernar.
Es una realidad que la política no se detiene.
Por eso, quien ostente o aspire a estar a la cabeza del Poder Ejecutivo, debe estar consciente de la realidad compleja del aparato estatal, tener claridad intelectual y, sobre todo, tomar decisiones.
No es fácil, pero tampoco imposible.
En su momento yo lo hice, aunque a costa de un alto precio político.
Y lo hice, porque no podía permitir que Costa Rica continuara viendo pasar de lejos las oportunidades.
Porque los costarricenses me eligieron para ponerme al frente de un país, no para complacer y aumentar la popularidad, sino para decidir y ejecutar.
Porque me eligieron para ponerme al frente de una nación sedienta de liderazgo en su camino al desarrollo.
Mi administración puso a Costa Rica a caminar de nuevo y, en esa tarea, les devolvió la esperanza a los costarricenses. Hoy, desafortunadamente, esa esperanza se ha vuelto a perder.
La democracia debe rendir sus frutos, o corre el riesgo de debilitarse hasta desaparecer.
La vida en democracia deja de ser viable si el gobierno no es capaz de tomar decisiones en plazos razonables para atender las demandas de la ciudadanía.
Por eso, esperaría que quien sea elegido en las próximas elecciones tenga claras tres políticas públicas que fueron pilares de mi administración, y que ayudaron a Costa Rica a recuperar el norte y la esperanza.
Primero, no regresar al neo-estatismo, reconociendo que es imprescindible rectificar el papel del Estado y liberar al sector privado de las ataduras que durante mucho tiempo lo condenaron a la ineficiencia —ataduras que continúan en el sector energético.
Segundo, no confundir la rectificación del papel del Estado con una mutilación indiscriminada de sus capacidades, inclusive de aquellas necesarias para distribuir la riqueza, combatir la pobreza, invertir en capital humano y en infraestructura, tareas que el mercado no puede realizar.
Tercero, hacer de la política exterior de Costa Rica un motor de desarrollo a través de la integración comercial y una fuerza moral mediante el combate al armamentismo y la lucha por la paz y los derechos humanos.
Y por supuesto, tener en cuenta que toda reforma que emprendamos debe ser éticamente defendible y pasar siempre por privilegiar al ciudadano. Porque un Estado que ponga al individuo en el centro de sus políticas públicas y que esté al servicio de las personas, es el primer paso de nuestra gobernabilidad.
 

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