Oposición venezolana avanza por elecciones
Una legislatura con nuevo empuje podría ser una fuerza para recuperar la democracia. Para empezar, los legisladores podrían levantar la voz para reclamar por los presos políticos, como el activista opositor Leopoldo López, que fue sentenciado a más de 13 años de cárcel en un juicio que la mayoría considera una farsa.
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 Según casi cualquier parámetro objetivo, el presidente de Venezuela Nicolás Maduro se encamina a una caída.

La economía del país está hecha pedazos; hasta Bolivia, durante mucho tiempo el país más pobre de América del Sur, tiene un mejor desempeño.
Alrededor del 89% de los venezolanos dice que a la nación le va mal u horrible. Y, al acercarse las elecciones legislativas del 6 de diciembre, los candidatos del gobernante Partido Socialista Unido están 25 a 30 puntos porcentuales abajo, según una serie de encuestas de opinión.


Lo que eso significa para Venezuela en general está menos claro. La oposición del país es un pastiche de 27 partidos, dividida por las rencillas y el afán de sus miembros por estar por encima de los demás.
Esa es una de las razones por las que el 30% de los votantes dice que no le gusta ni el partido gobernante ni la Mesa de la Unidad Democrática, el principal bloque opositor. Pero si bien hay poco amor por Maduro, el 58% de los venezolanos sigue teniendo debilidad por su antecesor, Hugo Chávez, el carismático fundador de la revolución bolivariana cuya muerte por cáncer en 2013 sumió al país en la desesperación.
Esta paradoja plantea algunos desafíos especiales a los demócratas en ciernes. Primero, deben ganar una contienda en la cual las reglas les juegan en contra: en 2010, los candidatos de la oposición captaron más de la mitad del voto popular pero –gracias a las maniobras, la manipulación de las normas y el aumento de la representación de las regiones rurales favorables al gobierno- terminaron con aproximadamente el 40% de las bancas en la Asamblea Nacional.
Pero esta vez las cosas podrían ser distintas. Sí, Maduro vetó a los veedores independientes y juró que nunca entregaría la revolución a los apóstatas. Pero, viniendo de un gobierno que pierde popularidad y está contaminado por las intrigas y las rivalidades, eso suena más a bravuconada bolivariana que a amenaza creíble.
América Latina ya no es un club de autócratas, como acertadamente señaló el economista y bloguero venezolano Juan Cristóbal Nagel. Pensemos en Chile allá por 1988, cuando un plebiscito expulsó sin contemplaciones al dictador Augusto Pinochet, o en Perú en 2000, cuando Alberto Fujimori fue derribado del poder después de intentar robarse una elección.
Pese a la falta de igualdad de condiciones, los opositores al experimento venezolano del “socialismo del siglo XXI”, que lleva 16 años, nunca estuvieron tan cerca de conquistar verdadero poder como antes de este tiempo.


 

 


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