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Lunes 17 Septiembre, 2007

Nuestro pasado en el futuro

La verdadera inversión por la paz se inicia procurando una educación que brinde las herramientas necesarias para alcanzar mayores y mejores empleos para nuestro pueblo. Pero dicha educación debe aunarse al crecimiento económico en aras de un desarrollo con visión y compromiso social.
La atracción de industrias a las cuales debemos ceder tierras o condonar pagos de servicios sociales amparados a la fantasmagórica idea de generar empleo, sin duda alguna, es crecimiento económico, pero no precisamente, desarrollo social. No es el crecimiento económico per se, el que nos abrirá las puertas hacia el mañana, sino nuestra visión humana como sociedad.
Para enarbolar la bandera del desarrollo, más allá de los cánones económicos imperantes de la globalización, es indispensable coincidir en la verdad, tomando en cuenta que, no coincidir en una idea, no implica, no coincidir como sociedad en aquello que deseamos ser. Debemos hablar con la verdad, las mentiras hablarán por sí solas. Estas no necesitan telón o escenario, ni tampoco requieren que alguien las descubra, porque una verdad no tiembla ante la mentira, pero cien mentiras se derrumban ante una verdad. Este es el momento de tomar las decisiones correctas y no las que más nos complacen, pues nuestros valores y democracia no fueron producto del azar, sino de las decisiones en sacrificio a los intereses personales.
Las pancartas amenazadoras, la manipulación de obreros en las industrias, el empleo de pasamontañas para expresar una opinión libremente, la manipulación de los medios de comunicación hacia un pueblo, son vicios que nunca nos han pertenecido como sociedad y no debemos aceptarlos ahora. El modo de expresar la verdad en la cual creemos debe ser en las urnas y el respeto a las decisiones tomadas mediante el sufragio, el camino a seguir.
Cuando los grandes idealistas han hablado en nombre de la tolerancia entre los pueblos, la historia nunca los ha condenado al olvido. Por eso ahora debemos hablar en nombre de la paz, de la justicia social que hemos construido como costarricenses, miembros de este gran pueblo latinoamericano. No debemos tener miedo de expresar libremente aquello en lo cual creemos, ni tampoco debemos sentir temor por escuchar ideas diversas a las nuestras. El silencio de los solos nos pertenece y es nuestro deber decir la verdad con valor supremo, para que los vivos nunca narren lo que no hicimos, ni los muertos impugnen lo que callamos. Es necesario recordar, que también la indiferencia es asesina y el arma con que mata la cargamos todos con la inacción.
El respeto a lo que hemos construido como pueblo y la tolerancia absoluta a la diversidad de pensamiento, es la argamasa con la cual hemos cimentado nuestra sociedad. Pero eso no basta para decirnos civilizados. Mientras haya hambre y la voz de todos no sea la voz de uno, nuestra senda no estará cumplida. Las decisiones que tomemos deben realizarse al amparo del conocimiento y la razón, o quedará nuestro pasado en el futuro, cuando las decisiones postergadas no permitan otra elección más que la de retroceder.

Randall Roque
Escritor costarricense.
[email protected]