Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 7 Julio, 2008

Nuestra Torre Eiffel

Claudia Barrionuevo

Desde que llegué a este país, desde que San José se convirtió en mi ciudad, el Edificio Metálico ha estado allí a un costado del Parque España, enfrente del Morazán, diagonal al Templo de la Música. Estaba en ese lugar mucho antes de que mis ojos lo admiraran, lo trasformaran en un icono, lo convirtieran en un punto de referencia imprescindible para ubicarme en el mapa urbano de mis recorridos josefinos. Existía desde muchos años antes de que yo naciera en otra ciudad llena de hitos urbanos. Se apropió de ese espacio en un siglo anterior a los que me tocarían vivir. Se irguió como referente de una entonces pequeña urbe en 1896.
La mitología josefina lo ungió con una historia falsa —como cualquier mito—: el edificio Metálico habría sido construido por Gustave Eiffel. Como quien dice: teníamos nuestra propia torre símbolo parisina en el centro de San José. ¿Fantasías? Relativas. Tenemos un icono. Un edificio símbolo. Una escuela histórica. ¿Cuántos de ustedes, queridos lectores, estudiaron ahí? Yo conozco a varios de sus ex estudiantes.
El icono envejeció. Hoy por hoy el Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura determinó que el edificio tiene graves daños estructurales y sin lugar a dudas debe ser así.
Obviamente ante el peligro de que el inmueble colapse el Ministerio de Educación no tuvo más opción que cerrar la Escuela Buenaventura Corrales.


Ahora bien, al Edificio Metálico no le cayó un rayo, no sufre de una enfermedad súbita, repentina: es simplemente muy viejo. El envejecimiento no surge de un día para otro. El deterioro no empezó hace una semana, ni un mes, ni un año, ni una década. Era obligación del Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura y del Ministerio de Educación de varios Gobiernos (el actual y muchos anteriores) determinar la vejez del inmueble con antelación y planear las medidas correspondientes sin tanta premura.
Es decir que hace diez años —por lo menos— se debería haber encontrado un espacio para ubicar por un tiempo —o quizás para siempre— a los 1.300 niños que hoy se verán desperdigados por nuestra ciudad. Era obligación del Estado encontrar un espacio único para todos.
Muchos de los que me leen tendrán a sus hijos en colegios privados. ¿Se imaginan que la institución tuviera que cerrar por problemas estructurales y enviaran a cada alumno a distintos centros educativos? Piensen en el efecto emocional de separar a los niños no solo de sus compañeros de aula sino de los de las demás secciones. Uno se quejaría. Y, claro, uno tiene derecho porque paga. Si se trata de una escuela pública, no es igual.
Es posible que siendo tan viejita nuestra “Torre Eiffel” no aguante los embates de tanta juventud y haya que convertirla en museo de la educación nacional, rescatando a tantos ideólogos de la misma que merecen un espacio de reconocimiento.
Y para ambos proyectos —el nuevo espacio para la Buenaventura Corrales y la reconstrucción del Edificio Metálico— a mí que no me digan que no hay plata cuando un millón y medio de dólares han sido destinados a pagar asesorías.

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