Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Sábado 28 Julio, 2012


Nuestra mamá es la mejor del mundo.
El doctor que nos cura, el mejor del planeta.
Los Juegos Olímpicos a los que asistimos, son los mejores de la historia.
Estuve en los Olímpicos de Seúl en 1988 y su ceremonia inaugural fue espectacular. Para mí, la mejor. Claro, porque estuve sentado ahí.
La de este viernes en Londres, majestuosa.
Todas son impresionantes. Lástima los dirigentes.
Qué hermoso sería celebrar unos Juegos Olímpicos sin dirigentes. Unas Olimpiadas únicamente con atletas olímpicos.
¡Sin bombetas!
Les cuento una anécdota de Seúl.
De Costa Rica viajamos un pequeño grupo de periodistas deportivos. Compartí con Jorge Umaña, quien viajó por Extra. El recordado Ricardo Quirós, una pluma de oro, viajó por La Nación con Wino Knohr. También Luis López Rueda.
Silvia Poll se consagraría en esas olimpiadas ganando la medalla de plata, primera para Costa Rica en Juegos Olímpicos. Quienes no éramos de la gracia de Francisco Rivas tuvimos nuestros problemas, pero el asunto no va por ahí.
Después de dormir un par de noches en la residencia del embajador de Costa Rica en Seúl, don Javier Sancho, quien nos colmó de atenciones junto a su familia, nos trasladaron a la Villa Olímpica.
Un día me fui solo a esperar un bus que me llevara al Estadio Olímpico. Quería ver entrenar a Carl Lewis y Ben Johnson que se preparaban para competir en la carrera del siglo.
El bus se estacionó y subí al lado de dos adultos.
Cuando iba en busca de asiento, el conductor me hizo bajado y me señaló una identificación que estaba pegada en el parabrisas.
Decía ¡ONLY VIP!
Solo para personas muy importantes.
Desde luego que Tano no lo era; el par de delegados, supongo que sí. Fue la primera vez en mi vida que escuché y leí de esa palabreja: VIP.
Vividores insignes del planeta (VIP)
¡Qué estorbo!
Mientras los atletas se matan literalmente en los escenarios deportivos en busca de gloria personal y de su Patria, la marejada de vividores del olimpismo, con las excepciones de rigor, se nutren de la teta olímpica, varios sobornados como sus “cuates” de FIFA en la compra y venta de sedes, levantando banderitas desde el palco de honor, antes de trasladarse a sus suites de hoteles de treinta estrellas.
La tragedia del olimpismo se presenta cuando el atleta que da oro a su Patria, traslada esa presea al pecho de los delegados, para que estos sigan mamando de la frondosa teta de los aritos olímpicos.

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