Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Miércoles 8 Febrero, 2012


Juan Ulloa llorando en la televisión porque a sus 77 años vive solo.
Jorge Hernán “Cuty” Monge, casi ciego en su hogar.
Mario Murillo, deambulando por las calles heredianas, aunque sin problemas económicos.
Decenas de estrellas del fútbol de antaño, de los años 50, 60 y 70 sobreviven abandonados, lejos de las luces y los titulares que amasaron su fama, pero jamás su fortuna.
En aquellas épocas no se les pagaba a los futbolistas; a lo sumo un par de zapatos, los pases del autobús y un granizado a la salida del estadio. Y la mayoría, eran jugadores fenomenales, infinita, pero infinitamente superiores técnicamente a los millonarios de ahora.
En una ocasión, don Eduardo Gutiérrez, quien fue gerente de Liga Deportiva Alajuelense, me lanzó la idea de que comentara en esta Nota la urgencia de que los dirigentes de los clubes, sobre todo los llamados grandes, que cuentan con mayores facilidades económicas, construyeran o alquilaran una casa club con ciertas comodidades para que sus viejas glorias tuvieran un lugar de encuentro, diversión y tertulia.
Es urgente que los veteranos del fútbol costarricense y de otras disciplinas deportivas tengan un lugar donde reunirse; encontrarse con sus compañeros de equipo, poder leer revistas deportivas: tener acceso a Internet, mesas de juego, salas de televisión, refrescos, café y bocadillos.
Pero sobre todo y más que todo: ¡que puedan conversar! Conversar con alguien a esas edades es vital para mejorar la calidad de vida.
Saprissa debe retomar la idea de la casa club, sin las ambiciones desmedidas de antaño; recuerdo aquella acogedora sede cerca del parque de Alajuela, donde los jugadores manudos de diferentes generaciones tenían un punto de reunión.
Ahora que la Liga les hizo el homenaje a sus jugadores tricampeones de diferentes etapas, fue agradable y positivo mirarlos conversando en el Estadio Nacional y recordando sus viejos tiempos. Saprissa está reuniendo hoy a sus estrellas de antaño.
No es justo que tantos futbolistas que hicieron las delicias de los aficionados y a quienes les tocó jugar por pasión, amor y sin paga, deambulen aislados y solitarios; mueran olvidados y lloren públicamente sus penas y soledades como vimos a Juan Ulloa, mi ídolo, mi astro, el jugador que llenó toda mi etapa colegial, quizá y únicamente porque sus equipos no les brindan un lugar para reunirse.

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