Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Miércoles 14 Septiembre, 2011


La voladera de patadas en el Rosabal Cordero se ha sobredimensionado por los medios de comunicación.
Un evento lamentable que sucede en todas partes del mundo en disciplinas deportivas colectivas, ha sido repetido y repetido a toda hora desde que se dio, imitando en este sentido los canales de la televisión lo que tanto se critica de la nota roja.
En el béisbol de Grandes Ligas, mínimo se producen de seis a diez zafarranchos de esta índole durante el transcurso de la temporada y más de un lanzador busca desnucar a un temible bateador enemigo, pasándole la píldora a un centímetro de la nariz a 90 millas por hora.
La NBA es pródiga en este tipo de peleas y ni que decir de los catos y patadas voladoras que se dan los jugadores que compiten en esa disciplina tan bravía y salvaje que es el hockey sobre hielo.
No deseamos minimizar el hecho, pero es verdad que ha sido agrandado por la mayoría de los medios de prensa, que nos repiten y nos repiten las patadas entre los jugadores florenses y manudos hasta el hartazgo.
Cuando el presidente del Alajuelense afirma que sus jugadores se calentaron por las decisiones del árbitro Walter Quesada, lleva razón. Lo que pasa es que todas las decisiones de don Walter fueron correctas, pero a los jugadores manudos les parecieron erradas. Por eso fue que se calentaron, aparte de que, como lo escribimos el lunes, no supieron perder ni aceptar la superioridad del rival.
Yo les aseguro que si los dos primeros goles del Herediano se producen en jugadas similares (por ejemplo) al tercer gol de Jorge Barbosa, los jugadores del Alajuelense no se calientan y el partido puede que termine igual: 4-0 a favor de Herediano, pero sin bronca.
Los manudos perdieron la cabeza cuando se combinaron en pocos minutos, el penal clarísimo de Pemberton a Mambo y el segundo gol de Cordero, que fue el que metió a los rojinegros en su propio infierno mental. Los 11 jugadores de la Liga pensaron que el gol de Cordero se produjo fuera de juego; ninguno de ellos tiene un televisor en la cancha, como nosotros en la casa y en ese instante fue cuando se descontroló Giancarlo y lo expulsaron.
Superados en la cancha con todo mérito por el rival, con dos goles legítimos pero “extraños” en contra y con uno menos, los jugadores de la Liga creyeron erróneamente que perdían el juego por el juez y no por los aciertos de los discípulos de Jafet que era lo real.

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