Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Jueves 16 Junio, 2011


El viaje a Taiwán era a principios de diciembre y si mal no recuerdo, yo regresaba al país el día 21, cuatro días antes de Navidad.
En la parte final de ese año, se citaban dos eventos muy relevantes en mi familia; la graduación de dos de mis hijas.
Daniela, la menor, se graduaba de sexto grado en la Escuela República del Perú, y Cristiana, la mayor, de secundaria en el Colegio Nuestra Señora. La graduación de Dani era un acto cívico en la misma escuela, pero la de Cris terminaba con un baile en el Hotel Corobicí.
Yo seguía viviendo en casa de mi mamá, pero desde luego fui invitado a las dos graduaciones para hacer compañía a mis hijas y esposa.
Durante el acto cívico en la Perú le conté a mi esposa de mi viaje a Taiwán y le insinué de la alegría que me provocaría, supongo que a mis hijas también, el poder regresar a la casa para pasar juntos la Navidad. Seguro mi mujer quería medirme en la fiesta de Cristiana, pocos días después, donde se iba a servir licor.
Desde luego que arrastraba los temores, frustraciones, dudas y engaños tan reiterativos hacia ella en mi larga carrera alcohólica. No tenía por qué estar segura o confiada de que en la fiesta de Cris, yo no iba a beber.
Pero yo sí estaba seguro de que no bebería.
En familia, con mis hijas, mi suegra, pasamos una noche maravillosa; bebí refrescos, bailamos, cenamos y en una que va y otra que viene, en esa graduación, mi esposa aceptó que yo volviera al hogar. Que regresara a casa después de venir de Taiwán.
Un año y medio sin beber una gota de alcohol; con reunión de AA casi diaria, porque cuando entré a trabajar ya no pude asistir siempre a reuniones, fue el hermoso precio que tuve que pagar para recuperar mi matrimonio.
El viaje a Taiwán fue una locura; viajamos en clase “Dinastía”, donde viajan los reyes y gobernantes; fui hospedado en el Gran Hotel, uno de los diez mejores del mundo; me dieron una suite del tamaño de una residencia. Tenía un bar gigante con todo tipo de licores. Ni lo vi.
El balcón de esa suite daba a la pista de aterrizaje del aeropuerto Chiang Kai-shek y los jumbos descendían en cadena de uno en uno.
En ese balcón caí de rodillas y llorando como un niño, le di infinitas gracias a Dios porque hizo el milagro para que Tano dejara de beber y porque en tan corto tiempo me permitió recuperar, trabajo y familia.
Pasé del infierno al cielo y hoy habito en él.

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