Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Miércoles 30 Marzo, 2011


Escribimos esta nota antes de que se juegue el partido Costa Rica y Argentina.
Suponemos que si a don Oscar Arias lo silbaron cuando hizo el saque de honor, eso será título en primera página hoy, de los medios de comunicación que están en campaña de desprestigio al ex presidente.
En aquella noche mágica, memorable, inolvidable de la ceremonia inaugural, para un sector de la prensa nacional, sus corifeos y el grueso sector de espectadores que quedaron deslumbrados por la joya, pero se les olvidó, al silbarlo, quién la engendró, fue más destacado y rescatable la silbatina al ex mandatario.
¡Honores para la ultra!
¡Aplausos a la indecencia!
A las 5 p.m. de ayer no se sabía si jugaba Messi o no, todo hacía indicar que no; el asunto hubiese sido intrascendente si no estuviésemos hablando del mejor jugador del mundo, que aterrizó en el Juan Santamaría y se entrenó en el Estadio Nacional para enfrentar a los ticos. Si no jugó es una lástima, porque nunca lo tuvimos tan cerca.
Por estas tierras estuvo Pelé, en su momento el futbolista más grande del planeta, pero sí jugó y lo hizo en varias oportunidades; quienes tuvimos la suerte de verlo y admirarlo, guardamos los gratos recuerdos. Centenares de niños con sus padres estuvieron presentes anoche para ver jugar a “La Pulga”; ellos poco o nada saben de Zanetti, Milito, Cambiasso, Di María o Mascherano.
No sé si salieron satisfechos, burlados o frustrados.
Antes de que se inicie el partido, escribo que no hubiese sido mala idea, en caso de que Messi no pudiera jugar, que en el entretiempo, por lo menos haya salido a la mitad del campo a saludar a tanta gente que lo idolatra y admira, mínimo para verlo y que no cometa la delegación argentina la injusticia de esconderlo.
Vieran que el pasado lunes, mi amigo el empresario Flavio Casalvolone me invitó a conocer su residencia en Freses, Curridabat, una casa premiada internacionalmente y distinguida por su arquitectura y hermoso diseño. ¡Es una belleza!
Después de recorrerla, admirarla y sentirme impresionado por el gusto de quien la ideó y construyó; después de aceptar un refrigerio de parte del anfitrión, a la hora de despedirnos, cuando me extendió su mano, le negué el saludo y no sé por qué, me dio por silbarlo. Espero que gracias a este acto mío de decencia, cortesía y agradecimiento al amigo, alguien me saque en el periódico.

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