Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Jueves 18 Noviembre, 2010


La estampa de Javier Mascherano barriéndose con todo, entrándole como aplanadora al contrario, metiendo la pierna como hacha al madero, cometiendo falta y con el rival en el césped, ni volverlo a ver, es cosa del pasado.
Ayer vimos a un volante de marca de la selección de Argentina, repartiendo abrazos, besitos en la oreja y “jalándole” los cachetes al enemigo.
La razón.
Ahora juega en el Barcelona y entonces… ¿cómo le va a arriar, por ejemplo a Dani Alves, su compañero de equipo y rival en la mejenga de ayer en Doha?
Y lo mismo hacía Dani con Messi; cada roce, cada choque físico, de inmediato la disculpa, la sonrisa, la caricia y el abrazo, entre los dos “catalanes”.
El mejor ejemplo fue la jugada final del gol.
Perfectamente Dani Alves pudo levantar a Messi a la gradería, conforme el escurridizo delantero buscaba ángulo para el remate. Simplemente lo dejó pasar.
¿Se imaginan el escándalo mundial, si Alves fractura a su compañero de equipo a pocos días del clásico contra Real Madrid?
Vale que el califato que escogió la FIFA para este amistoso entre las potencias suramericanas está repleto de dólares. Uno supone que los patéticos ciudadanos de Qatar, disfrazados con los uniformes de Brasil y Argentina y con sus caras pintadas, imitando a ultras, doces y garras, están todos con las billeteras repletas y no se van a molestar por el fraude que significó este partido.
Pocas ocasiones se ha visto un juego más malo, aburrido y arreglado que este duelo entre dos selecciones que despiertan pasión y rivalidad, pero que ayer simplemente hicieron acto de presencia, ante una multitud que ni sabía lo que estaba pasando en la cancha; una masa de espectadores desligados totalmente del entorno de estos equipos y sin conocimiento pleno de lo que hacen hoy día jugadores como Thiago, Dani, Ramires, Ronaldinho, Robinho, Romero, Zanetti, Burdisso, Heinze, Mascherano, Messi, Higuaín y Di María, todos con los pies en el estadio Internacional Khalifa, pero con la mente en otro lado.
Lástima que ganó Argentina, no lo merecía; tampoco debía ganar Brasil. Lo lógico era que los dos perdieran, pero como no se puede, el empate 0-0 era lo mejor.
Escenario multimillonario; petrodólares; alfombra roja; Zidane y Ferguson, la FIFA se luce, derrocha placer y gusto. Todo esto afuera. En la cancha, el gol de Messi y nada más.

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