Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Martes 15 Diciembre, 2009



Si los futbolistas de Liberia Mía tenían ganas de darle un empujón al descalabro de su técnico, Alain Gayhardy, para una eventual destitución, a fe que lo lograron y con creces con su pobre desempeño ante Brujas.
Antes de que varios actores amarillos, entre dirigentes y jugadores, sacaran la frasecita esa de que los trapos sucios se lavan en casa, ya olía feo en Dinamarca (el vestuario de los campeones), después del partido.
No puede ser que un equipo que está defendiendo la corona, en un partido clave, donde tiene que meter un gol para seguir con vida y retenerla, juegue con el desgano que mostró el 90% de la nómina monarca, con las pocas excepciones de los “locales”, Ocampo, Guevara, Chévez y González.
La diversidad de criterios expresada tras la eliminación por el capitán Wallace, el técnico galo y el defensor Pablo Salazar, no señala otra cosa que ruptura de la comunicación entre entrenador y nómina.
En el otro estadio nos sorprendieron las manifestaciones de Juan Luis Hernández, en el sentido de que dentro del vestuario brumoso, sus dirigidos sabían de un techo y que no fue su responsabilidad, que sus leales seguidores soñaran con un título no prometido.
¡Por favor!
Podríamos estar de acuerdo con que Juan Luis no prometió corona, pero un minuto después de que Sergio Martínez anotó de tiro libre el gol que puso a los brumosos en cuartos de final, el entrenador europeo le bajó el piso a su siguiente rival, Puntarenas F.C. y a su colega Carlos Restrepo, tirándolos muy abajo y dando por sentado que Cartaginés podía eliminar a los chuchequeros.
Hernández Fuertes le restregaba la lista de las últimas víctimas de sus dirigidos y le recordaba a la multitud, pero sobre todo a sus fieles seguidores, que contra todos habían logrado los goles necesarios para triunfar y avanzar en el torneo. Dio por un hecho de que a Puntarenas le metía uno y con eso clasificaba (como se lo hizo a la Liga) y lo logró, pero no supo sostenerlo.
No está bien de parte de Juan Luis, una vez eliminado su equipo, quitarle peso a su propia responsabilidad y trasladarla a una euforia inapropiada de los fanáticos blanquiazules, quienes, con todo derecho volvieron a soñar y se cayeron de la cama con nueva pesadilla, esta vez, cuando Enmanuel Campos pulsó el reloj despertador y hubo que abrir los ojos a la triste realidad.

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