Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Lunes 30 Noviembre, 2009



No se trata de justicia ni de respeto a los años.
Se trata de fútbol, juego donde manda el técnico.
Cuando Marco Cerqueira mandó a la banca a Wardy Alfaro y le dio la titularidad al joven Alfonso Quesada, envió una señal de alto mando y una alerta.
Temprano dio a entender que en su Liga no jugarían los nombres, aunque estos, cuando tuviesen la oportunidad respondiesen, como lo hizo Wardy en San Carlos.
Con la nómina sin consolidarse y dando saltos para adelante y atrás en la clasificación, la victoria contundente en el primer clásico le afianzó las alas. A pesar de este triunfo que tuvo baile incluido, el Alajuelense siguió jugando, ganando, perdiendo y empatando, sin sonreír.
En este club únicamente sonríe el entrenador.
A pocas horas del segundo clásico, el presidente del club le envía a su técnico una pésima señal que afloja los tornillos de su silla, pero el carismático suramericano le responde a su patrón con otra sonada y brillante victoria, esta vez en el Saprissa.
Sin embargo, sus triunfos ante el acérrimo rival no solo, como que no lo afianzan, sino que la nómina se mantiene al margen de la satisfacción. Alajuelense cuenta con el técnico más alegre y feliz del campeonato, pero con planilla con cara de pocos amigos.
No se ve, ni se nota por ninguna parte, química entre el maestro y sus pupilos, aunque sí, respeto a sus decisiones y puede que con esto alcance. Pero, puede que no.
Ayer, que pudimos contemplar y analizar el trabajo del Alajuelense en su partido contra Pérez Zeledón, notamos señales que son negativas para la buena marcha del equipo en el campeonato.
Carlos Clark salió molesto con la sustitución, pero Luis Marín fue a más y, no solo, no se dirigió a la banca al lado de sus compañeros, sino que corrió al vestidor y antes de desaparecer del ojo de los espectadores, cuatro veces hizo la señal de que ¡No!
¡No qué!, querido Luis Antonio.
No le gustó la decisión de su entrenador; ya son tres veces que lo saca y si bien es verdad se debe respetar la orden del técnico, quien suponga que estas decisiones no producen grietas peca de ingenuo.
Ni en los dos últimos clásicos, con victorias claras de los rojinegros, hemos visto a sus jugadores hechos una piña con su entrenador. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

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