Nota de Tano
Gaetano Pandolfo gpandolfo@larepublica.net | Jueves 15 octubre, 2009
El tiempo es oro y hay que cuidarlo.
Cuando se lesionó solito, porque nadie lo tocó, Oguchi Onyewu; supimos que el dramático partido tendría un prolongado alargue: el juez mexicano se había ubicado del lado de los anfitriones.
Se complicó más la cosa al presentarse la confusión con la segunda variante de Costa Rica; sinceramente no sabemos si René Simoes montó en escena una obra de teatro para enfriar a la selección local, que ejercía una presión inmisericorde contra nuestra retaguardia, o de verdad el asistente del juez se confundió, cuando debía salir Montero y ellos dijeron que Díaz.
La verdad fue que las expulsiones de Simoes y Luis Diego Arnáez, le dieron al electrizante partido más minutos.
Cinco de reposición.
¡Y Costa Rica no supo jugarlos!
Repasen que incluso, cuando la lesión de Oguchi, la bola salió por la lateral; era bola nacional, no había que ofrecer cortesía y los nuestros le regalaron el balón al anfitrión, pequeños detalles mentales que finalmente nos costaron la clasificación directa y nos enviaron a Montevideo.
Después de un primer tiempo de ensueño, con marco de oro gracias al par de golazos de Bryan Ruiz, caímos en una segunda parte tensa, estresante, nerviosa, que se alteró más cuando Honduras le metió el 1-0 a El Salvador, casi en el mismo momento que Estados Unidos descontaba.
De ahí en adelante todo fue reloj y hay que reconocerlo, no se supo jugar con él.
Aunque duela, y duele muchísimo, se debe aplaudir el profesionalismo del equipo de Estados Unidos, que jugó, para nuestra desgracia, como si estuviera disputando el título mundial. Nos puso su alineación de lujo y no desmayó hasta que nos sacó (por ahora) de la máxima cita universal.
Fue cosa de segundos; de instantes; vean que a Alvaro Saborío lo botan, cuando retiene la bola y no se pita la falta; en esa sanción no señalada, se nos fue el triunfo, y siguió lo de Bolaños, lo de Herrera, la pésima marca en el tiro de esquina, en fin, el destino.
En estos cierres tan dramáticos y dado lo que estaba en juego, no se pueden señalar culpables; si ganamos 2-1, todos héroes mundialistas. Con el 2-2, ninguno sirvió para nada. ¡No es así!
El error fue no saber esconder la pelota, que era lo único que se necesitaba para sostener la victoria y la clasificación.
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