Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Miércoles 16 Septiembre, 2009



No fuimos al Mundial de Estados Unidos 94 y no pasó nada.
No fuimos al Mundial de Francia 98 y no pasó nada.
Fuimos al Mundial de Corea y Japón 2002 y no pasó nada.
Fuimos al Mundial de Alemania 2006 y no pasó nada.
Vayamos o no al Mundial de Sudáfrica y no pasará nada.
Fuimos al Mundial de Italia 90 y sí pasó algo.
¡Se infló nuestro fútbol!
Desde 1991 hasta 2009, los únicos beneficiados en el fútbol costarricense son los futbolistas de elite, una selecta minoría convertida en casta que se hizo millonaria de la noche al día, sin jugar la lotería.
Los héroes de Italia 90 se fueron a “chollar las nalgas”, como lo manifiesta uno de sus paladines, el “Chunche” Montero, con salarios que ni por asomo se arrimaban a los 300 o 400 mil colones mensuales, cifra que el más humilde y modesto futbolista de la planilla de Rodrigo Kenton, antes de que le cortaran la cabeza, se gana en menos de una semana de trabajo, incluidos todos los chineos.
De manera que la única revolución que ha soportado el fútbol costarricense ha sido la salarial, en mucho por el fanatismo y la inocencia de nuestra dirigencia, con las excepciones de rigor.
Son fanáticos los dirigentes que inflan las nóminas de sus clubes, incluso estafando a la seguridad social del país, cancelando millones de pesos mensuales a jugadores que no se lo merecen, porque no se lo ganan en su trabajo: el terreno de juego.
Son niños con bigote los directores de clubes que pagan millones de colones cada mes, a jugadores que con más de 30 años de edad y en el epílogo de sus carreras deportivas, logran firmar contratos por el doble o más, de lo que ganaban en el club que defendieron la mayor parte de su vida profesional.
Hoy, que reeditamos la historia por enésima ocasión y despedimos al técnico de turno de la Selección Nacional, para firmar a otro que vivirá un episodio similar apenas se le amarren un par de malos resultados, deberíamos exigir que al frente del fútbol nacional, se instale un hombre que como don Guido Sáenz lo hizo con la música, provoque una revolución que cimbre todas las estructuras de nuestro devaluado y triste deporte favorito.