Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Miércoles 9 Julio, 2014

Suponemos que hasta ayer, Luiz Felipe Scolari se dio cuenta que dirigía al Brasil más flojo de los últimos años; un equipo que tenía codependencia de tres jugadores, Thiago Silva, David Luiz y Neymar y no todo era culpa suya, pero que a la vez jugaba con nueve, por la insistencia del estratega en mantener en la formación estelar a Hulk y Fred, rechazados por la afición verde amarilla por malos, para escribirlo en inglés. Y esto sí fue su responsabilidad.
Contra Alemania, sin Thiago y sin Neymar, el primero suspendido y el segundo lesionado y con Hulk y Fred en la formación titular, el partido semifinal se presentó como gato contra ratón, porque parecía que jugaban 11 alemanes contra nueve brasileños y de estos, dos muy limitados: o sea, 11 contra siete y así el partido terminó 7-1.


La estupidez, porque no cabe otro calificativo que cometió Thiago Silva, al ganarse su segunda tarjeta amarilla con una falta en ofensiva, cuando obstaculizó un saque de puerta del portero colombiano Ospina, resultó de fatales consecuencias. Sin Thiago, la retaguardia local se quebró en mil pedazos y Daviz Luiz semejó un huerfanito en estado de indigencia.
La ausencia de Neymar rompió al equipo mental y emocionalmente muchas horas antes de que se iniciara el partido. Toda la polémica que se armó desde que Camilo Zúñiga le quebró la vértebra al astro local y la temática posterior en el sentido de que fue a propósito, que encarcelaran al colombiano, que inyectaran al brasileño, que jugara infiltrado y demás yerbas, solo llevó inquietud, ansiedad e incertidumbre al campamento de los anfitriones y esto sumó al desastre.
Pero la verdadera culpa de la masacre de ayer la tuvo Alemania.
Esa máquina que instaló Joachim Low en Mineirao, despedaza al Brasil completo y a cualquier otro seleccionado que se le pare por delante, porque los germanos jugaron un partido completo, maravilloso, inolvidable, que rayó en la perfección. Cada uno de los siete goles de los tanques teutones fue una obra de arte, oda a la excelencia en el fútbol.
Magia, fantasía, imaginación, sentido del espacio y del tiempo, asociación y colectividad; eficiencia en el remate a la red. Habrán notado que los siete goles fueron en equipo, en el sentido de que nadie quiso robarse el show; ninguno hizo una jugada de más y cada centímetro de la cancha fue aprovechado por los “panzers” con un fútbol pleno y total.
Fue sincronía exacta y perfecta.

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