Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Lunes 28 Octubre, 2013

La jornada del campeonato se vio deslucida por los actos grotescos desde las gradas que se produjeron en el Estadio Nacional y en el Fello Meza.
Las agresiones verbales de parte de seguidores del Saprissa hacia el portero de Puntarenas, Víctor Bolívar y de fanáticos del Cartaginés para el defensor del Team, Whaylon Francis, por temas familiares y de raza que nada tienen que ver con el juego del fútbol, aparte de desagradables llaman a la meditación, a la reflexión y a la urgencia de caminar y trabajar fuerte en busca de la solución.
Hemos aplaudido los esfuerzos que procura la Unafut en busca de adecentar el campeonato; los clubes han sentido en sus tesorerías el tener que cancelar sumas elevadas por comportamientos indebidos de sus jugadores en la cancha.
Las sanciones se han elevado.
Las expulsiones han mermado.
Pero todo se viene al suelo cuando se presentan hechos tan desagradables como los acontecidos el pasado fin de semana, que por lo grotesco del evento, lo que hace es ahuyentar a las familias de los estadios.
¿Cómo van a llevar a un escenario deportivo los padres de familia a sus hijos, para que escuchen estas salvajadas de ataques, de insultos, de agresiones de palabra a algunos de los actores del juego?
¿Cómo impedir que ingresen estos pachucos a los estadios?
¿Será posible identificarlos como en su momento se logró con ciertos líderes de las barras bravas?
¿Por qué no filmarlos y exhibirlos, no para que sientan pena y vergüenza, pues no la tienen, sino como recurso de identificación?
Ayer en el Fello Meza, no solo Whaylon Francis fue agredido de palabra.
También a José Sánchez, una barra de pachucos uniformados de blanco y azul, lo agredieron con insultos atroces que tocaron la memoria del papá del futbolista, fallecido en un escenario deportivo, lo que lógicamente sacó al joven jugador del Herediano de sus cabales.
Se han perdido los valores; Costa Rica está inundada de mediocridad y los estadios de fútbol se presentan como lugares propicios para que los enajenados orinen sus indecencias. Lo peor o lo que duele es que los sectores decentes que igual están sentados en las gradas, tampoco reaccionan. Solo miran a los desalmados actuar.
La seguridad brilla por su ausencia; no hay sanción para el infractor; los dirigentes prefieren invertir en espectaculares modelos que en infiltrar en los sectores de los bandoleros, fáciles de detectar, a la autoridad.

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