Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Miércoles 25 Septiembre, 2013

Me contaron que “El Capo”, Javier Rojas, habló pestes del clásico en su programa Actualidad. El veterano comentarista dio a entender que un partido con tantos errores y desaciertos, no puede ser bueno.
Con su acostumbrada vehemencia, no escatimó críticas para la prensa deportiva que lo calificó como “Clasicazo”, o gran clásico o demás ingredientes que le etiquetó el periodismo criollo a la confrontación.
Así de entrada, puede que lleve razón don Javier, porque si en un evento deportivo se acumulan muchos errores, las conclusiones no deberían ser positivas, pero este clásico del pasado domingo se debe analizar bajo otros parámetros y decir que “gracias” a esos errores, sumados a las virtudes aportadas por la mayoría de los actores, no solo cayeron ocho goles, sino que el juego tuvo ribetes emocionantes y dramáticos en su desarrollo.
En la Nota de ayer empezamos a comentar la forma en que se produjeron las ocho anotaciones y quedamos en las cinco del primer tiempo. Ahora seguimos con las otras tres.
La acción del autogol de Alexander Robinson fue bien sin gracia, porque resulta diferente, aunque la “torta” es la misma, que se incurra en autogol cuando un jugador va al cierre en la boca del marco de un ingreso de futbolistas rivales y sirven lo que se llama pase de la muerte. Hay defensores que se barren para cortar ese último servicio y anidan contra su portería.
El autogol de Robinson fue a control remoto y sin gente en el área morada. Solo estaban él, Jerry Palacios y Donny Grant.
El centro largo de Ariel Rodríguez en procura de la fuga de Palacios tenía visos de inofensivo y sin embargo, el capitán morado lo depositó en la red.
En este gol, específicamente, no hay méritos para nadie.
En el 4-3, Javier Rojas tendría que analizar que después del error de Tejeda se produce una acción muy hermosa entre Johan Venegas y Alejandro Alpízar. Una pared corta que deja al Matador en posición ventajosa y le permite soportar la marca de Kendall Waston, todo un mérito y después el remate en cámara lenta a la red.
Súmele un error y tres aciertos.
Igual el empate de Diego Estrada; se gesta en un error de Porfirio López, pero la acción individual del morado para quitarse la marca de Palma y el trallazo a la red fue brillante.
De nuevo, de un error nacen dos aciertos y así fue sumando el clásico, don Javier; muchos más aciertos que errores, de ahí su grandeza emotiva.

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