Gaetano Pandolfo

Gaetano Pandolfo

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Martes 3 Abril, 2018

Miguel Salguero fue un idealista aventurero

Don Fernando Naranjo, jefe de la sección deportiva de La Nación, me mandó a escribir una crónica de baloncesto, como examen para ver si me “fichaban” como redactor deportivo del diario.
Pasé la prueba; se iniciaba 1970; ya “firmado” entré al viejo edificio de la avenida primera a buscar escritorio y fue cuando lo vi por primera vez en persona.
Miguel Salguero casi al frente mío; nos dimos la mano y fuimos amigos, compañeros de trabajo y de noches de tertulia por toda una década. Compartir diez años al lado de este monumento del periodismo costarricense, enriquece a cualquiera, pero lo más relevante, dio suficiente espacio para valorarlo, apreciarlo, quererlo y respetarlo por toda su grandeza como excelso comunicador.
Tuve la suerte de formarme al lado de los más grandes, porque en aquella época, pertenecer a la redacción de La Nación era un lujo:
Guido Fernández, director; don Manuel Formoso, subdirector; Enrique Benavides, jefe sección editorial; Adrián Vega, jefe de redacción.
Norma Loaiza, Fernando Naranjo, Danilo Arias Madrigal, Bosco Valverde, Juan Antonio Sánchez Alonso, Manuel Zúñiga, Leví Vega, Álvaro Madrigal, Omar Gálvez, José Joaquín Loría, Marco Aurelio Salazar, Miguel Salguero, Carlos Morales, Édgar Espinoza, fueron los redactores que me recibieron en el debut. Además, la cuarteta de brillantes fotógrafos con Mario Roa, Juan José Aguilar, Francisco González y Rodrigo Montenegro.
Cabeto Herrera, jefe de taller matutino; Marco Vinicio Quirós, jefe de taller vespertino. Luego llegaron decenas de colegas más.
Si me solicitan calificar a Miguel Salguero en una sola palabra, digo: idealista. Con “Mencha” al hombro no hubo aventura que lo detuviera y su pasión casi adictiva por mostrarles a los ticos la belleza y costumbres de su tierra, lo lanzó a unos proyectos en cine, televisión y prensa escrita, que bien podrían calificarse de “hermosas locuras”; locuras que no le dejaron un cinco, que lo sumergieron en miles de enredos, pero que para su honra inmortal, fue lo que hizo posible que Miguelito trascendiera.
Tenía la rara costumbre de casarse; se enamoraba y se casaba y entonces, un día vivía en Ciudad Colón y al mes siguiente en Acosta y luego en Tibás, siempre preocupado y atento al bienestar de su “prole”.
Miguel Salguero fue humilde, auténtico y único; no habrá otro como él, de ahí que al marcharse puso luto en el corazón de todos los costarricenses, agradecidos por su enorme legado.
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