Alejandro Madrigal

Alejandro Madrigal

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Viernes 17 Junio, 2016

Entre las aulas y las calles

Nos hace falta respeto, nos sobra odio

Piénselo así: sale usted, o su hijo de 20 y algo de años, una noche de sábado con varios amigos a una disco, a bailar, tomarse unos tragos, divertirse, relajarse luego de una semana llena de obligaciones. A distraerse y desconectarse del estrés. A escuchar música latina. Y esa misma noche tuvieron la enorme desgracia de coincidir con una persona enferma, la cual había adquirido un rifle de asalto, similar a uno utilizado en conflictos armados, por la suma de $600, con controles muy laxos y permisivos. Ese criminal dispara contra 102 personas presentes en el lugar, incluido usted, o su hijo. Mata a 49 de ellos, y hiere de gravedad a los otros 53. ¿Siquiera logra imaginar que algo así le suceda a un ser querido? Esto sucedió la madrugada del domingo anterior en un bar gay en Orlando, Florida. Un asesino que seleccionó su escenario alimentado por el odio, y por el extremismo religioso también. ¡Qué difícil no pensar que como sociedad estamos bien jodidos! Pero esa es la sociedad en la que vivimos.
Una sociedad donde el odio puede llegar a crecer tanto en miles de personas, capaces de matar a tantas otras. Todas esas personas, y las miles que han muerto en eventos similares a este, tenían su familia, sus seres queridos, los cuales quedaron marcados de por vida. Sueños, metas y aspiraciones que fueron recortadas. Una vida que tiene un valor intrínseco tan alto, que no hay forma de medir tal injusticia.
Pero ese odio se ve no solo en las personas que son capaces de empuñar un arma. Balas no son solo las que dispara un rifle de asalto semiautomático. Hay muchas formas de dispararle a una persona y hacerle daño, y esa es mucho más común de ver, en especial en nuestro país: cada vez que se utilizan palabras ofensivas para avergonzar a alguien por su sexualidad, como si esta tuviera algo de malo; cada vez que mostramos mala cara por una muestra de afecto en público entre dos personas del mismo sexo; o cuando pensamos que la vivencia de las personas gais es algo raro e inexplicable para los niños, siendo parte de la diversidad humana; o cuando se utilizan textos bíblicos para hacer sentir a una persona como pecadora, incorrecta o avergonzada por simplemente ser lo que es, sin hacerle daño a nadie; o cuando pastores o curas utilizan su voz para pregonar odio o discriminación contra las personas LGBT, en lugar de respeto y un trato igualitario; o cuando hasta la fecha, legisladores se niegan rotundamente a reconocer derechos que hoy están reservados para solo unos cuantos. Todo ello son balas que acá vuelan todos los días de una persona a otra.
Entonces, no caigamos en el error de creer que estos eventos solo ocurren en un país como EE.UU., donde las leyes de adquisición y tenencia de armas (incluidas las armas de asalto) son ridículamente permisivas, y donde para comprar una solo se ocupan $600, un record criminal limpio y 7 minutos de su tiempo. En nuestro país todo el tiempo nos disparamos, pero de forma distinta, menos visible, pero muy hiriente a fin de cuentas. Que este tipo de brutalidad nos haga reflexionar que nuestra sociedad no está para medias tintas, no está para irrespetar o discriminar un poco. Que no es justo que haya individuos con más derechos que otros. Que no debe haber ciudadanos de segunda clase. Porque ese pensamiento es el que alimenta el odio y la violencia más visibles que sí nos causan repulsión. Soñemos con que algún día esas balas se detendrán.

Alejandro Madrigal