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Viernes 30 Diciembre, 2011

Nos consumió la sociedad de consumo

En tiempos memorables Navidad era sinónimo de tiempo en familia, “charangas” cocinando tamales y haciendo rompopes y visitas constantes de [email protected] y hasta [email protected], que se colaban, para testear las delicias navideñas; pero sobre todo para aprovechar un poco del calor de hogar, que esos tiempos intensificaban.
Los regalos eran parte del escenario, pero no lo elemental. Te compraban una muñeca calva o un carrito de plástico y “una mudada”, máximo dos y te sentías el más [email protected] del mundo. Felicidad que te alcanzaba hasta el año próximo para esa misma fecha.
Con tristeza vemos como esta tradición se ha desvirtuado. Ya no recordamos que Navidad es la celebración, para nosotros los cristianos, del nacimiento del Niño Jesús. Esto quedó en un cliché, que nos sirve para días de vacaciones y compras superfluas. Se recibe el aguinaldo y [email protected] trabajadores solo lo sostienen en sus manos escasos minutos, pues lo han comprometido desde mitad de año.
[email protected], los que mejor capacidad de administración tienen, lo dedican a comprar cuanto se ofrece en el mercado, el más reciente modelo de TV en 3D, el celular que pueda exhibir y presumir como el mejor, los pantalones y zapatos de mejor marca y viajes fuera del país, pero no en familia, cada quien por su lado.
Ahora hasta se ha inventado la palabra “navidar”, porque todo se resume en consumo. Consumo de modas, de bienes, de costumbres foráneas; luchas por aparentar lo que no somos. Te debates en esta sociedad de consumo en una batalla campal diaria, que ha absorbido a nuestros [email protected] Ya no es suficiente para [email protected] los besos, abrazos, las felicitaciones cuando pasan un año en los estudios, ahora exigen recompensas materiales; pero que sean dignas de competir con las que han recibido sus [email protected]
Y como padres nos apuntamos a estos juegos estúpidos; no encontramos la forma idónea de enseñarles a sobrevivir en un mundo tan superficial, sin ser afectados, no atinamos las palabras precisas, para convencerlos que lo importante no es lo que se posee, sino lo que se lleva por dentro. Eso que no es material, que no tiene valor económico, las virtudes que nadie te puede robar, aun cuando la presión sea fuerte.
Nos sentimos impotentes ante la triste realidad que estamos viviendo. Vemos a los seres queridos sufrir el martirio del desperdicio de dinero, sentimos en nuestra carne el dolor de sus desencantos, cuando han gastado hasta lo que no tienen y se sienten [email protected], pues es un mal progresivo que no hay forma de parar, y como una droga, cada día se necesita más.
Y los vemos temerosos al saberse incapaces de afrontar una emergencia que implique dinero, pero este temor les dura hasta la siguiente compra, que por medio de una de las cientos de tarjetas plásticas, se “regalarán”, ¡porque se lo merecen!, no hay forma de que puedan detenerse un minuto a pensar en las consecuencias de esa nueva deuda. No existe poder humano que les convenza de que están hipotecando sus vidas.
Hoy estamos siendo sopesados por lo que tenemos y no por lo que somos, y para tener, [email protected] no anteponen límites morales.
Si es este su caso quizá el Niño Dios le pueda hacer un gran regalo: sabiduría, pídala y luche por ella, abra sus ojos a la realidad irrefutable que nos muestra la naturaleza, no tener más de lo que necesitamos, no desvivirnos por bienes que no llevaremos el día de nuestra partida, vivir cada día de la mejor manera, valorar el amor de los que nos rodean como el mayor tesoro de la tierra, dejarnos consumir por la esperanza y el significado del nacimiento del Hijo de Dios, y dar paso a la Navidad en lugar de la “navidar”.

María Gamboa Aguilar
Especialista en Recursos Humanos