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Miércoles 30 Enero, 2008

No puedo condenar


Resulta que después de varios años preso, como un posible criminal y asesino, acusado sospechoso, de haber provocado el asesinato, mediante pago de asesinos a sueldo, del periodista Parmenio Medina, terminaron los jueces por declararle culpable —no de la muerte de Parmenio— sino de ser un “estafador” del pueblo cristiano, a quienes se atrevió a “predicarles” la fe y la religión de Jesucristo, para lo cual había sido ordenado sacerdote.
¿Estafador por haber cumplido su misión sacerdotal de predicador? ¿Qué significa ser estafador? Acaso Minor, el padre Minor, defraudó a persona alguna con engaños, mentiras, deseo de enriquecimiento ilícito y en perjuicio del patrimonio ajeno?
¿Estafador del público que le escuchó, a través de su predicación ardiente y sincera de nuestra fe católica, llenando los corazones de sus oyentes de fortaleza y paz, de esperanza y confianza en el Señor Jesucristo?
Quienes le escuchamos aquí en Costa Rica y en el resto de Centroamérica, sentíamos que el padre Minor hablaba como sacerdote y amigo y provocaba en cada quien, el deseo de participar en la lucha por ayudar a los más pobres y necesitados, especialmente cuando eran víctimas de la furia de la naturaleza como inundaciones, terremotos y huracanes.
Al padre Minor entonces lo escuchamos siempre gritar por ayuda y socorro a través de su Radio María y sus caravanas de amor y caridad repartiendo medicinas, ropa, comida y dinero por toda Costa Rica y Centroamérica fueron algo verdaderamente maravilloso: en tiempo y fuera del tiempo, y todo el mundo ayudaba.
Cierto que el padre Minor recibía mucho dinero de las gentes que creían en él, conocían sus angustias para sostener la radio y ayudar a los más necesitados… ¡Pero él nunca defraudó a sus generosos amigos!
Un sacerdote como Minor Calvo jamás podría ser un asesino o un instigador al asesinato. Pero sí, un alegre y feliz predicador a quien la gente escuchaba y lo ayudaba con gusto y alegría cristiana. Ahora sus jueces lo culpan de ser un estafador de las gentes.
Y por dicha que, en su caso, no hubo quienes, por envidia gritaran: ¡Crucifícalo, crucifícalo!


Pbro. Armando Alfaro Paniagua