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Sábado 11 Mayo, 2013

A nadie le hace gracia que se le difame y sin embargo todos participamos de las comidillas cuando se trata del pellejo ajeno


No me crea

Alguien dijo que yo dije, luego dijo que yo hice, y de un momento a otro ya muchos comentaban, opinaban y reprochaban. Entonces a uno se le ocurrió preguntarme si yo dije, si yo hice; pero ya era tarde, con una sola versión de los hechos bastó para dictar sentencia y el imputado fue el último en saberlo.
No hablo de un juicio donde se haya negado el derecho a la legítima defensa, me refiero al murmullo cotidiano, al chisme del pasillo o en la oficina, que sin piedad destruye la reputación de la gente.


Me refiero a la calumnia promovida por aquella persona que no se atreve a ir de frente y opta por atacar manipulando la imagen de su víctima ante terceros.
Del otro lado están los que —por inocencia o perversión— se creen el cuento a la primera y, aunque no lo hubieran creído, lo repetirían cual verdad absoluta, convirtiéndose en instrumentos del morbo y la mentira.
¿Bastará que sea mi amigo para creer en su palabra? ¿Estará alguien exento de contar la historia de la forma que más le favorezca?
Ningún ser humano, siendo sujetos como somos, podrá ser enteramente objetivo.
Ni una versión ni la otra serán jamás la realidad en sí misma, por lo que quedarse con una sola posición parcial es malicioso, irresponsable o, al menos, ingenuo.
Habrá aquellos —muchos— que teniendo la oportunidad de preguntar directamente, de aclarar las cosas, prefieren quedarse con la verdad a medias o la falsedad completa, ya sea por pereza o preferencia, pues como indicó Huxley: “Una verdad sin interés puede ser eclipsada por una falsedad emocionante”.
A nadie le hace gracia que se le difame y sin embargo todos participamos de las comidillas cuando se trata del pellejo ajeno.
Quizá lo traigamos en los genes o sea culpa de la cultura, pero no nos haría ningún mal ponernos en los zapatos de los otros o pensar si nos atreveríamos a repetir lo que decimos —o escuchamos gustosos— estando frente a ellos.
Y si al final de cuentas, lo que llegan a escuchar es de quien escribe, les pido, como lo hizo en su tiempo Descartes: “No crean que viene de mí lo que les digan si no lo he divulgado yo mismo”.
¿Duda si esto realmente lo dijo don René? No me crea y averígüelo.

Rafael León Hernández

Psicólogo