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Viernes 20 Marzo, 2015

Conviene dejar la ética fuera de discursos populistas y estrategias publicitarias, dejar de usarla como un trapillo para limpiar faltas


No más tribunales de ética

¿Qué cosa es un tribunal de ética? Una aberración, un invento torcido de quienes llaman una cosa con un nombre distinto para darle un toque de elegancia. Podrán ser tribunales anticorrupción si se quiere, o deontológicos, según el enfoque, pero jamás de ética.
Al usar la palabra se le ensucia, se le tergiversa; se le hace menudo favor, como se le hizo a la moral, a la cual aun hoy algunos confunden con censura.
No es lo mismo educar que obligar, razonar que obedecer, autonomía que heteronomía. Y si a las cosas no las llamamos por su nombre, mentimos.
Meter a la ética en un tribunal es como servirle un filete a un vegetariano o usar un soplete para sembrar jardines, es como darle un fusil a las vicentinas para que con él alimenten a los hambrientos.
Es un sinsentido más de esta sociedad que ha olvidado que la ética sirve para orientar la conducta antes de cometerla, no para andar señalando o castigando al otro.
Preocupa y asusta la interpretación que dan a la ética nuestros políticos.
Quizá sea poco relevante que no la distingan un par de amigos en un parque, pero que no sepan qué es ética aquellos que marcan el destino de la nación y cuyo comportamiento debería estar regido por ella, no debería tenernos tan tranquilos.
Me duele la patria, cuando se rasgan las vestiduras por lo que hizo o dejó de hacer otro, e intentan darnos atolillo con el dedo diciendo que lo van a llevar a un tribunal de ética. Si alguien cometió un delito, para eso está la ley; si alguien se brincó un reglamento, que sigan el debido proceso, pero no escupan en la cara de la ética diciendo que un tribunal se pronunciará sobre el caso.
Bien dijo Unamuno que “nuestra moral corriente está manchada de abogacía, y nuestro criterio ético estropeado por el jurídico”. Como no sabemos qué es una cosa, la equiparamos con otra que se nos parece.
Decir que se puede juzgar si una persona actuó éticamente, implica creerse capaz de saber exactamente en qué estaba pensando, cuáles eran sus opciones, circunstancias e intenciones. Podemos decir, luego de un procedimiento válido, si se actuó a derecho; como lo manda la ley. Ir más allá es humanamente imposible.
Por eso los señalamientos y sanciones se hacen con base en el derecho y no en la ética. Se podrían adivinar las intenciones, pero conocerlas ciertamente es, al decir de Aristóteles, privilegio exclusivo de los dioses.
Lamentablemente, hacemos un uso superfluo del lenguaje y hemos confundido la ética con una especie de dedo acusatorio, por jugar de correctos, la estamos convirtiendo en una mala palabra.
Ciertamente la ley tiene un sustento ético, pero no son la misma cosa. Se juzga con base, no en la ética, sino en el derecho, porque en el segundo se hacen positivos (tangibles) acuerdos a los que hemos llegado como sociedad, haciendo uso de la primera, mas no sustituyéndola.
Conviene dejar la ética fuera de discursos populistas y estrategias publicitarias, dejar de usarla como un trapillo para limpiar faltas; dejarla en paz y no corromperla.

Rafael León Hernández