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Jueves 11 Octubre, 2012

No ensucien la verdad con mentiras

Quizás, por estar junto a quienes impusieron su razón con las armas, el señor Humberto Pacheco solo escuchó la mitad de la historia. A nosotros correspondió la historia de los perdedores no de los equivocados, y escuchamos en las aulas la versión oficial, omisa y tergiversada ante hechos fundamentales.
Hemos admitido, con honestidad, que hubo abusos en ambos bandos, pese a que no pocos detractores registran, exclusivamente, la parte que les resulta conveniente.
No hubo elecciones limpias en 1948 y, por ello, su nulidad estuvo plenamente justificada. Miles de electores, identificados con la bandera de las Garantías Sociales, no pudieron emitir el voto porque previamente fueron eliminados del padrón o trasladados, por supuesto sin consulta, a regiones remotas de sus domicilios.
Como protesta, el mismo Presidente del Tribunal emitió un voto de minoría, cuando la mayoría de los integrantes de este órgano precipitó una declaración a favor de la elección del candidato Ulate, sin realizar el conteo completo y correcto de los votos. Curiosamente, poco después, autoridades relevantes de este proceso electoral y partícipes del mismo atropello, recibieron destacados nombramientos de la Junta de Gobierno.
No deseamos seguir el nocivo camino que traza el señor Pacheco con su artículo. Sin embargo, la falta de objetividad y de justicia que revisten sus cargos, nos obliga a una respuesta. La Legión del Caribe, conformada por mercenarios de toda ralea, asesinó a numerosos idealistas que cometieron el único pecado de defender las conquistas sociales.
Basta citar el Codo del Diablo, el asesinato de un grupo de paladines de la Reforma Social, maniatados e impotentes. La página más oscura y brutal del 48, ausente, también, de la historia oficial.
Familias enteras, desde los niños hasta los abuelos, padecieron vejámenes y persecución. El hostigamiento condujo a millares de ciudadanos a las cárceles, al despojo de sus patrimonios y de sus empleos. Los Tribunales de Sanción Inmediata, instaurados al finalizar la guerra, edificaron una constante violación de los Derechos Humanos junto con otros instrumentos legales, con el exclusivo propósito de perseguir a los vencidos.
El conflicto armado pudo evitarse si en el afán de sus principales artífices no hubiese prevalecido el poder político, sin importar los medios y sin valorar en su extraordinaria dimensión la vida y la fraternidad de los costarricenses.
Las jóvenes generaciones merecen la verdad, no el odio y la mezquindad que, durante décadas, nos han dividido. Mucho menos cuando esos sentimientos indeseables y minúsculos se conservan intactos en algunos espíritus del Banco Central.

José Bernardo López Trigo