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Esa inocente expresión infantil no puede usarse en una empresa o una organización formal. Pero la realidad es que, con otras palabras y quizá sin usar un tono jocoso, la escuhamos a diario en nuestro trabajo.  Se trata de no aceptar la responsabilidad de un error o buscar un culpable ante un determinado problema.

Existe un marcado carácter de idiosincrasia en este comportamiento. Lo vemos a diario en todos los órdenes de la vida: en la familia, en la empresa y hasta en el mismo gobierno. Todo son excusas, nadie quiere asumir un error, siempre hay alguien al que culpar o una circunstancia misteriosa que motivó el problema y que nos exime de culpa. Al fin y al cabo nos amparamos en la búsqueda de la impunidad.

Conversando sobre este asunto con un chef, me contaba una anécdota curiosa. Días atrás un olor fuerte y mucho humo comenzó a surgir de un sartén en la cocina. Unos huevos se estaban quemando en el proceso de fritura. El cocinero encargado acudió a apagar el fuego y el humo hicieron que el chef, su jefe, acudiera también a ver qué sucedía. Sin duda fue un descuido del cocinero. Sofocado el problema, el cocinero se apresuró a decir: “¡No fue mi culpa!”. Ante la cara de asombro por la afirmación del chef, el cocinero inventó una excusa rápidamente: “Es que el gas se está acabando y la llama sale muy amarilla y quemó los huevos”.

Seguramente la anécdota nos causa hilaridad, pero es tan real como la vida misma y es algo que sucede diariamente. En la mayoría de las organizaciones es práctica habitual de los colaboradores e incluso los gerentes no admitir culpa alguna por sus propios actos o los de su equipo. Pareciera como si aceptar errores fuese algo absolutamente prohibido. Esto ocurre por dos motivos fundamentales: ausencia de responsabilidad y miedo. Cualquiera de los dos casos es preocupante.

La ausencia de responsabilidad suele ser el origen más frecuente. Detrás se esconde la falta de compromiso, que se refleja en el hecho de que las personas rehuyan de cualquier atisbo de responsabilidad. No me siento parte de la organización, por lo que no asumno la responsabilidad de nada. Más allá está la desmotivación.

Cuando esto ocurre tenemos que ser capaces de analizar, como gerentes, qué estamos haciendo mal. Conversar con los colaboradores y hacerles ver de que los errores suceden, que errar es humano y que no tiene consecuencias si el error es corregido. Porque esa es la parte importante, enmendar el error en lugar de quedar paralizado y comenzar a buscar un culpable. Las organizaciones que buscan culpables no buscan soluciones y mueren.

Lo peor que puede suceder es que sea el miedo el que haga actuar así a las personas. Porque significa que la organización está seriamente dañada. El miedo al error creará miedo a decidir, a actuar y la paralisis será evidente si no tomamos medidas inmediatas.

 

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