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Martes 3 Junio, 2008

Necesidad de diálogo en la democracia


Democracia significa que el pueblo se autogobierna, que es el artífice de su propio destino. Sin embargo, esa afirmación es una ficción; un principio regulador para hacer funcionar el sistema democrático constitucional. De ahí la importancia de las elecciones y del diálogo entre los diferentes actores del drama político.
En la democracia, aunque la soberanía reside en la nación, el pueble no ejerce el poder de manera directa, salvo en casos especiales como el plebiscito, el referéndum o la iniciativa popular. Al ciudadano solo le queda el derecho de elegir periódicamente, con su voto, a los que gobernarán en su nombre y representación.
En ese contexto, el principio mayoritario es la regla básica para el buen funcionamiento de nuestro sistema. Las elecciones, las decisiones en la Asamblea Legislativa y otros órganos colegiados se definen mediante el voto. “La lex majoris partis” dice Thomas Jefferson, es la primera lección que debe aprender todo demócrata, y si se abandona, se imponen la fuerza y la tiranía.
Pero el principio mayoritario solo es una condición para la gobernabilidad democrática. ¡En modo alguno significa prescindir de la minoría! Ganar las elecciones o poseer la mayoría no significa ser dueño de la verdad. La legitimidad del principio mayoritario depende de que la minoría participe en la toma de decisiones y asuma la función de crítica y control que incumbe a la oposición. Por eso, los sistemas electorales confieren a las minorías un margen específico de representación en los parlamentos y los cuerpos directivos.
De ahí, la importancia del diálogo y la negociación política en la democracia. Los problemas del país son muy complejos para ser resueltos por un presidente o un partido. Avanzar en la dirección correcta de manera ágil y oportuna, requiere negociar un mínimo de acuerdos multipartidarios para crear la visión del país que queremos; pero para lograrlo, hay que dialogar y negociar.
El diálogo democrático es innovador en dos sentidos. Primero, porque define nuevas propuestas y medios de acción, con el fin de cambiar la realidad por una nueva visión consensuada que nos permita resolver problemas y crecer económicamente en provecho de todos los habitantes del país.
En segundo lugar, el diálogo democrático nos renueva porque integra una gran diversidad de personas en la construcción de una agenda nacional compartida. A pesar del origen de los actores y diferencias de toda índole; hablar de lo que a todos nos preocupa, nos reúne como país y nos pone a caminar hacia un destino común; permitiendo así superar peligrosos signos de fragmentación y desconfianza que empiezan a aflorar y a acumularse en la sociedad costarricense.
No obstante sus bondades, el diálogo democrático no es tarea fácil; conlleva sacrificios que las personas no siempre están dispuestas a hacer.
Hablar solo de lo que yo quiero y de la forma que yo quiero, no es dialogar; eso es un acto de autoridad y fuerza. Si queremos ponernos de acuerdo en función de las prioridades nacionales y el bien común, los interlocutores deben respetarse y reconocerse mutuamente como iguales: eso significa volver al sentido y esencia de la democracia.
Lamentablemente, en Costa Rica, los principales líderes de la vida política nacional todavía no han podido reunirse para hablar de esa agenda común a todos. Se han impuesto las formas. ¡No se ha querido sacrificar nada! Uno dice: “yo quiero hablar en privado”, a lo que el otro responde: “yo quiero hablar en público”.

Alex Solís Fallas