Logo La República

Lunes, 19 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


Naciones y regiones en el futuro europeo

Miguel Angel Rodríguez [email protected] | Lunes 30 octubre, 2017


Naciones y regiones en el futuro europeo

Las normas constitucionales, los intereses europeos, la prudencia y la conveniencia del presente, espero que permitan solucionar pacíficamente la confrontación entre independentistas catalanes y defensores del Reino de España. Ahora —y en el mediano plazo— prevalecerá, pido a Dios, la sabia racionalidad que ha dirigido la España postfranquista. Espero y auguro que centralistas y catalanes encontrarán —dialogando— y a pesar del caricaturizado empecinamiento ibérico, una manera de convivir pacífica y constructivamente en una única España.

Pero, ¿y en el futuro?

Alberto Alsina, un economista de Harvard que ha estudiado la formación de las fronteras, señaló —ya hace un par de décadas— que si impera el libre comercio internacional, las comunidades diferenciadas étnica, lingüística o religiosamente podrán encontrar mayor conveniencia en separarse, porque no tendrán que sufrir los costos de un mercado y una economía muy pequeños, que les impida las ventajas de la especialización del trabajo.

Una profunda integración económica como la Unión Europea, la más profunda que la humanidad ha experimentado entre países independientes, elimina las barreras comerciales, permite el libre movimiento —no solo de bienes, servicios e ideas— sino también de capitales y personas, y a una región homogénea le reduce el costo de ser independiente dentro de una larga comunidad heterogénea.

En 2010 Dani Rodrik, en The Globalization Paradox, argumentó que no se pueden satisfacer simultáneamente las tres condiciones de democracia nacional, autodeterminación de las naciones y globalización económica. Argumentó que la globalización requiere reglas internacionales que a menudo —como ahora ocurre en diversas naciones— pueden ser opuestas a los deseos de sus mayorías.

En aquella ocasión el economista de Harvard consideró que la condición que cedería sería la democracia nacional, y que las naciones independientes adoptarían las reglas necesarias para asegurar la vigencia de la globalización. Ello aún a costa de irrespetar la voluntad mayoritaria de sus pueblos. Esa era una apuesta inteligente porque la globalización significa muy considerables ventajas para el bienestar.

Pero Europa ofrece otra alternativa. No para ahora, pero sí para el futuro… creo. (La ventaja de predecir a largo plazo a mi edad es que para cuando la predicción se confirme o niegue, ya nadie podrá enrostrármelo).

La actual situación de Escocia y Cataluña, los intereses del norte de Italia, la división entre flamencos y francos en Bélgica y las diferencias entre tantas regiones europeas me llevan a vislumbrar otra solución a la trinidad imposible de Rodrik: que ceda el estado nacional.

Los trabajos de Alberto Alsina nos alumbran esa posibilidad: una Europa de regiones nacionales más homogéneas en lengua, costumbres, etnia y religión, formadas por un estado actual con esas características, o por la división en regiones de un estado multinacional. La integración en la unidad europea con normas comerciales, de defensa, de protección de los derechos humanos, de reglas básicas de política económica, de movilidad de personas, capitales e ideas, y las normas presupuestarias de solidaridad con las regiones menos desarrolladas, reduciría los costos de sostener nacionalidades diferenciadas en otros aspectos, pero unidas en los propósitos comunes, y ordenadas por las reglas supranacionales comunitarias.