Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 28 Enero, 2010


VERICUETOS
Muy bien dicho, Tano

Extraordinaria la columna de don Gaetano Pandolfo publicada en La REPÚBLICA del martes 26 sobre el mega-desastre en que se han convertido las “fiestas” de Palmares y edificantes los comentarios de sus lectores en la versión electrónica del periódico.
Claro que, en principio, estaremos todos de acuerdo en que el pueblo merece y necesita diversión. No se trata de negar el “derecho humano” a pasarla bien, a disfrutar haciendo nuevos amigos o a tirársela rico un fin de semana con los güilas en la rueda de Chicago y los carritos chocones, de comerse un cantonés y hasta de disfrutar una cervecita sanamente.
El problema es que Palmares ha traspasado todos los límites de la cordura y la sensatez para convertirse en una especie de Sodoma y Gomorra por dos semanas al año, en una especie de Las Vegas ticas rurales, la ciudad del pecado, donde todo pasa y todo se olvida.
Romper el límite de la moderación en esa carrera desenfrenada y estúpida hacia el colapso etílico pareciera ser el objetivo único y fundamental de la inmensa mayoría de los asistentes, en particular de los y las jóvenes, muchos de ellos ciertamente menores de edad.
Tónica del evento: no se puede disfrutar si no se está totalmente borracho.
Durante dos semanas, desde las 8 de la mañana cientos de carajillos y más de un adulto vagabundo hacen tiempo en el estacionamiento de Plaza del Sol esperando el microbús que los llevará a su cita con el desmadre. Hieleras, cajas de cervezas y, por supuesto lata en la mano. Escena realmente deprimente que se repetirá en muchos puntos de las ciudades.
¿Quién pondrá coto al desmadre y terminará con esta patética escuela de alcoholismo y vagabundería?
Es hora de que la propia comunidad palmareña se cuestione, como lo hacen muchos de sus vecinos al glosar la nota de Tano, si llegó el momento de dar un giro radical al festejo. Esos mismos habitantes de la zona que no son por supuesto ajenos a los problemas y que entenderán que nada bueno dejan ¢300 millones de ingresos si el precio es el pésimo ejemplo que las bandadas de forajidos descamisados presentan a los ojos de sus hijos.
Claro que los locales debaten ya si se debe seguir con este desmadre, o si por el contrario, deben recuperar las fiestas dentro del marco moral en que ellos quisieran que se desenvuelvan.
Debe haber una reflexión sobre lo que nos está dejando este festín veraniego, porque dada su magnitud ya el asunto no solo compete a sus organizadores y a los vecinos de Palmares, ya es un tema nacional.
Lo fundamental por supuesto es el costo moral; sin embargo, no se pueden soslayar otros temas atinentes al asunto: ¿Quién asume el costo de la movilización prácticamente total de policías de tránsito, guardias civiles, ambulancias, socorristas, para intentar salvaguardar el orden y prestar servicios a los fiesteritos, dejando al resto del país prácticamente desamparado? ¿Cuál es el costo para el país por la baja en la productividad de los miles de trabajadores que se concentran en días y horas hábiles en los bares? ¿Quién controla el ingreso de menores a los bares y megabares, cuya presencia ahí ha sido constantemente denunciada por la prensa? ¿Qué valoración hace el PANI del evento? ¿Cuánto combustible se malgasta en los viajes a Palmares?
¿Quién tomará esto en serio y le pondrá límites?