Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 28 Mayo, 2009


De cal y de arena
Mutantes como el camaleón

“Por sus frutos los conoceréis”. Dejé el Partido Unidad Social Cristiana. Lo hice cuando perdió su identidad y razón de ser, renegó de su credo y se convirtió en pieza de un tablero movido por terceras manos a tono con los intereses de quienes cooptaron su organización formal. Luego, por añadidura, vinieron los escándalos que han envuelto a destacadas figuras de su principal nómina. Me dolió cuando abandonó toda la hermosa inspiración que legó a Costa Rica la reforma social y cuando suscribió los catecismos del neoliberalismo, toda una negación del modelo requerido para mantener vigente el Estado Social de Derecho prohijado por Calderón Guardia y que encuentra mucho de su sentido y forma en el capítulo constitucional intitulado “Derechos y Garantías Sociales”. Infiltrado, no tardó en apadrinar los famosos PAE y las orientaciones del Consenso de Washington. Por eso no combatió el desguace de la institucionalidad que servía para fomentar una política de solidaridad social. Ese fue el resultado lógico de la usurpación de sus órganos por connotadas figuras de la plutocracia, la misma cuyos antepasados hacen parte de toda la trama montada en la década de los años 40 para acabar con la Reforma Social. No fue extraño, entonces, ver cómo los prósperos negocios fueron exquisito señuelo para unos figurones que ya se fastidiaban con las quejumbrosas masas marginadas que sí llenaron la agenda de trabajo del presidente Calderón Guardia.

El electorado de 2009 evalúa al PUSC por los hechos de los años más recientes. Su vitrina más visible —su fracción parlamentaria— jamás podía alentar la esperanza de vocación por la justicia social. Más bien hizo de dócil alfil del gobierno de Arias y sus movimientos en diagonal le aseguraron a este la mayoría mecánica indispensable para aprobar el único punto de la agenda oficial en tres años, el TLC. En algunos casos, el voto a cambio de un plato de lentejas... familiar. Jamás el partido se movilizó para repudiar su herejía o sancionar su negación ética. “Por sus frutos los conoceréis”, reza la sentencia bíblica que explica por qué aquel movimiento que avalaba el 30% de los votantes, hoy apenas sobrepasa el 10%. La importante reducción de los índices de pobreza que se registró en 1994, quedó opacada en el electorado por la corrupción que se le atribuye en estrados y que contaminó sus últimas gestiones de gobierno.
Independientemente de lo que dicten los jueces, quedará en pie la creencia de que algo despedía la fetidez de la corrupción. Aunque flácida, la agrupación se prepara para ir a las urnas en febrero. Cuatro o cinco diputados electos servirían para negociar; no para lavar ese pasado de renunciamientos ideológicos, desfiguración política y sumisión partidista. El cambio denominativo o la adopción de un nuevo logotipo no van a salvar al PUSC del ocaso como sí lo pudo haber logrado una rebelión interna cuando el neoliberalismo lo invadía, se apoderaba de sus órganos y le imponía un credo totalmente distinto. A estas alturas y en las presentes circunstancias, veo extemporáneo y estéril el esfuerzo de buena fe de quienes van a su primigenia ideología.