Arnoldo Mora

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Viernes 20 Febrero, 2009

Mundo cambiante

Arnoldo Mora

Aunque aparentemente dispares, las más recientes noticias provenientes, tanto de las metrópolis del Norte como de la periferia del Sur —aunque pienso que cada día esta denominación se vuelve más y más obsoleta— tienen una tendencia en común: ambas confirman lo que en mis cursos sobre historia del pensamiento he bautizado con el nombre de “la ley del péndulo”, o tendencia histórica a pasar de un punto al otro en cuanto a ideas y, sobre todo, ideologías, se refiere. Hoy asistimos, de manera vertiginosamente acelerada, al fin de la era infame iniciada en los ochenta del siglo pasado por las potencias anglosajonas, lideradas en ese momento por Margaret Thatcher y Ronald Reagan.
Esa fue la era, de ingrata memoria, en que se trató de imponer el totalitarismo o fundamentalismo del mercado y que, en la realidad, no era más que la piratería brutal y desvergonzada de los monopolios trasnacionales, que constituyen la negación misma de la real libertad del mercado. El paquete de ayuda financiera, el más grande de la historia, con cifras que hasta ahora solo los astrónomos acostumbran a manejar, impulsado por el presidente Obama y aprobado aceleradamente en el Capitolio, no constituye tan solo una descomunal inyección de dinero a una desfalleciente economía; implica una concepción ideológica clara en apoyo al intervencionismo del Estado, pero que también busca ponerle límites al libertinaje de los especuladores financieros de Wall Street.
Este intervencionismo estatal implica, no solo pedirles cuentas a los responsables de este estrepitoso descalabro que amenaza con arrasar al mundo entero, sino que podría llegar hasta la nacionalización (parcial o total) de bancos y otras instituciones de crédito, como no han dudado en hacerlo los gobiernos de Inglaterra y Alemania.
Esta tendencia socializante se hace aún más evidente en la preocupación mostrada en los planes de Obama por solventar la problemática social mediante las inversiones estatales en infraestructura y en el área de servicios (salud, educación). Idolos de barro como el decrépito Greenspan se ven ahora envueltos en el descrédito y, con él, todos los Chicago-boys y los yupis neoliberales, de allá y de aquí.
Pero esos sectores no se resignan a reconocer sus errores y menos a ceder sus privilegios. Por esa razón hoy la nación americana luce dividida ideológicamente, como lo muestra la votación en el senado, donde tres senadores republicanos apoyaron a Obama pero seis demócratas votaron en contra. La división ya no es partidista sino ideológica. Hoy el país está dividido.
Y eso, lejos de constituir una calamidad es la expresión misma de una renaciente vida democrática. La democracia no consiste en que las diferencias solo sean aparentes, de banderas y eslóganes publicitarios para la promoción de candidatos. La diferencias y divergencias deben ser reales, como reales son las divisiones que se dan en la sociedad civil y en el quehacer cotidiano.
El enfrentamiento ideológico es parte de la vida democrática. Lo cual es válido, tanto en el Norte como en el Sur, en Estados Unidos como en Tiquicia... Pero para hablar de lo que está pasando en Nuestra América, espero tener la oportunidad de hacerlo en un próximo artículo.