Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 17 Marzo, 2014

¿Tienen los musulmanes un periodo de promoción de perdones como los católicos? Si alguien lo sabe, que me lo cuente. Antes vayan al cine


Monólogo sobre la paciencia

En la escritura teatral nada es más difícil de escribir que un monólogo. Narrar una historia a través de un solo personaje y cumplir con las exigencias dramatúrgicas de inicio, desarrollo, conflicto, clímax y desenlace, es un reto para cualquier escritor y, por supuesto, para sus intérpretes.
Lograr, en ese discurso unipersonal, que la acción dramática sea plena, manejar el suspenso sobre el progreso de los acontecimientos y así lograr la atención total del espectador, es un triunfo.
Si el escritor encuentra símbolos claros para ejemplificar su relato y, además, aun situándolo en un contexto particular (tal vez ajeno a muchos), logra la identificación del público, el resultado es perfecto.
Ese es el caso de la película franco-afgana, “La piedra de la paciencia”, actualmente en cartelera. Basada en la novela ganadora del Premio Goncourt de 2008 del escritor y director de cine Atiq Rahimi, la película cuenta con la colaboración en la adaptación al guion del mítico Jean-Claude Carriére, colaborador de Buñuel y autor de importantes guiones durante los últimos 50 años.
“Syngué Sabour”, título original en farsi, es básicamente el monólogo de una joven mujer que, en el inicio de la película, atiende a su marido en coma y no puede evitar contarle todos los secretos que nunca se atrevió a confesarle a nadie.
Cada día, cada historia es más impactante que la anterior. Cada escena es un descubrimiento para el espectador y, tal vez, para el esposo que no reacciona ante nada de lo que escucha.
El objetivo principal del personaje femenino (interpretado magistralmente por la actriz iraní Golshifte Farahani) es hablar, compartir con alguien lo que la atormenta, liberarse de sus culpas.
El contexto histórico-político está presente. Pero si uno no conoce la descarnada guerra afgana y todas sus intervenciones extranjeras, la historia es igualmente válida y comprensible.
Afganistán está muy lejos de nosotros, no solo en términos geográficos si no históricos, religiosos, económicos, culturales y de ocupación. Pero los sentimientos humanos son los mismos y las emociones de sus mujeres no son tan alejadas a las de otras.
Sin burka, sin guerra, sin esa opresión, tenemos sueños parecidos y alcanzamos, al ver la película, el maravilloso gozo de la identificación.
La absoluta claridad del simbolismo textual y de las imágenes, permite que el espectador logre, no solo identificarse con un mundo que, en nuestro caso, le es lejano: fácilmente entendemos quién es la piedra de la paciencia y cómo, según la metáfora, logramos romperla, liberarnos de ella y de nuestras culpas.
Unamos a la profundidad del guion, la maravillosa fotografía, la cotidianidad que nos muestra y la conclusión es que: ¡Hay que verla!
En nuestro país, que no es islámico, las culpas católicas nos sumergen en el pánico del pecado. A no preocuparse: desde el miércoles antepasado estamos en la Cuaresma y a quién se confiese se le perdona todo. ¡Hasta el aborto!
¿Tienen los musulmanes un periodo de promoción de perdones como los católicos? Si alguien lo sabe, que me lo cuente. Antes vayan al cine.

Claudia Barrionuevo
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