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COLUMNISTAS


Molinos de viento

Vilma Ibarra [email protected] | Miércoles 15 julio, 2015


Una deliberación marcada por las etiquetas descalificadoras que aplastan cualquier intento de debate sobre los asuntos sustantivos

Hablando Claro

Molinos de viento


¿Qué somos dados al melodrama? ¿Qué nos encanta armar teorías conspirativas para explicarnos todo lo que no podemos entender? Sí.
Es mucho más fácil armar culebrones sobre las aviesas intenciones de “los otros” que hacer un esfuerzo por leer, escuchar, comprender, asimilar y aceptar que hay muchas verdades en los múltiples y complejos asuntos que suceden en nuestro entorno.
Vivimos en una vorágine de acontecimientos que nos rebasan, como una película de acción de muchas tramas corriendo en paralelo. Y debido a ese frenesí, nos escudamos en una espesa capa de desconfianza hacia “los otros” y sus propósitos. Prejuzgando.
Con la duda extrema a flor de piel. Con el sospechómetro a full. Sin admitir que también “los otros” andan persiguiendo un mejor país. Una sociedad más justa e inclusiva. Una vida con más y mejores oportunidades. Una democracia más robusta.
Toda esta cavilación a propósito del efecto pernicioso que arroja la muy deficitaria calidad de nuestra deliberación pública. Una deliberación marcada por las etiquetas descalificadoras que aplastan cualquier intento de debate sobre los asuntos sustantivos.
Una descalificación de extremas izquierdas y derechas tras la que escondemos nuestro temor a adoptar las decisiones postergadas. Como quien tras conocer el diagnóstico médico se niega a empezar el tratamiento por amargo y difícil e inventa todas las excusas posibles.
Por supuesto, no estoy descubriendo el agua tibia. Respetados científicos sociales lo vienen señalando: un miedo revestido de polarización ideológica nos está nublando las entendederas. Y la verdad hay un cierto hartazgo en esta cuestión.
Porque quienes manipulan con los miedos, lo hacen con el expreso propósito de seguir postergando decisiones que les impondrán alguna cuota de sacrificio. Y el grueso de la gente, que no entiende los artilugios de los temores, se siente inseguro, confundido, arrinconado y obligado a tomar partido en el juego de la polarización: o del lado de los buenos o del lado de los malos.
Me niego a ser parte de este tinglado perverso. Y a riesgo de caerles muy mal a muchos, no me echo a morir por lo que dijera el acta de la juventud del PAC sobre aprovechar los recursos políticos de su primera experiencia en el ejercicio de la función pública y no creo para nada que ello justificara el despido.
Y no me voy a inmolar si dan cursos de economía social solidaria en el INA como si se tratara de trasplantes de cerebro, ni me quita el sueño que sectores del PAC/FA y unos grupos sindicales decidieran casarse y no solo vivir en unión libre; ni me parece el fin de los tiempos abrirnos a la generación de fuentes de energías limpias o echar mano de la muy satanizada concesión de obra pública o establecer simplemente que el agua es un bien económico, tanto como un bien social y ambiental.
El frío no está en las cobijas y mientras sigamos viendo amenazas ideologizantes, será imposible decidir —para citar solo un asunto— cómo haremos para sostener la calidad de los servicios y las garantías de nuestra seguridad social, antes que se nos vayan las conquistas por el insondable abismo de las finanzas públicas; las cuales, por cierto, no queremos sanear.
Es más fácil seguir cazando fantasmas.

Vilma Ibarra