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Viernes 13 Noviembre, 2015

Como el agua, siempre tras la ruta de menor resistencia, el empleado público promedio hará el mínimo esfuerzo

Mindsets, toros mecánicos y país

Aprovecho el “fallecimiento” del toro mecánico de Recope (sentidas condolencias) para invitar al empleado público a la reflexión. Específicamente al empleado público promedio. Digo al tipo promedio porque hay excepciones, y porque muchos de los de alto rango —los políticos profesionales— operan a un nivel diferente: el del más puro cinismo. Aclarado el destinatario del mensaje, procedo, porque a pesar de que no va a haber chicharronada para los pobres empleados de nuestra industriosa refinería, podemos sacar una suculenta lección de este bochorno.
Sr(a). empleada pública, al sentarse en su puesto a las 7 a.m., o bien, al iniciar su día ya sea operando equipo, limpiando, impartiendo clases, conduciendo, en fin, al comenzar el día laboral, ¿qué supone Ud. que vino a hacer? ¿Se ha detenido a pensar en las consecuencias de su actitud? ¿Por qué trabaja Ud. con el Estado?
Estas preguntas son pertinentes porque el servidor público promedio no se las hace. El trabajador público promedio se tomará hasta el último día posible para responder una gestión. Es más, es inmune al silencio positivo.
El servidor público promedio está más atento a la hora del café que a la fila por atender. El trabajador promedio del Estado no se inmuta por temas como la crisis fiscal, la calificación del gobierno de turno, o los escándalos de corrupción en su entidad. Vive atento a la siguiente huelga o congreso, para poder faltar a su trabajo. Y es que el empleado público promedio es básicamente un autómata inconsciente que vive en un remanso de eterna paz, porque ser empleado público es, ante todo, garantía de inamovilidad en el puesto y de jugosas prestaciones. Como el agua, siempre tras la ruta de menor resistencia, el empleado público promedio hará el mínimo esfuerzo. Más que servidores públicos, públicamente se sirven.
Postulo que comportamientos como los anteriores son solo los síntomas de algo más: de una verdadera cultura, de un “mindset”. Estamos ante genuina “inercia mental” que prohíbe esforzarse, descollar, ser la excepción. Más aún, es “ceguera de taller” —el empleado público promedio opera a un nivel tan limitado de conciencia que probablemente los que tramitaron la “fiesta vaquera” ni siquiera se inmutaron: no se dieron cuenta de que había algo mal ahí.
Para ellos, siempre ha habido fiesta navideña, siempre habrá brete, siempre habrá salario escolar, siempre habrá convención. Bajo esta óptica, ¿cómo no vamos a ser el país más feliz del mundo? Somos el reino de la indolencia (Grecia lo entendió ya muy tarde).
Quisiera cerrar motivando al lector, especialmente si es uno de los miles de empleados públicos del país, a no ser parte del rebaño, a atreverse, a llegar mañana y tomar la pala, el “mouse” o el estetoscopio para darlo todo. Para ayudar a Costa Rica. Olvídese del jefe inepto, del plazo máximo y del celular. Hagamos los cosas “con, sin o a pesar de”. Pongámonos a trabajar, y duro: cada minuto de vagancia hoy le costará una hora de esfuerzo a nuestros hijos.


Fernando Quesada Villalobos
Gerente de Proyectos

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