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Sábado, 17 de agosto de 2019



NOTA DE TANO


Miguel Ángel Agüero orientó por décadas los destinos de La Patria

Gaetano Pandolfo [email protected] | Lunes 01 julio, 2019

“La Purruja” y “La Machaca” inmortalizaron a su autor.

Don Miguel Agüero fue como mi hermano mayor porque nos formamos en el trajín del periodismo deportivo.

¡Qué interesante cómo ese picaresco insecto, con el que bautizó su monumental página humorística, le cambió el nombre a don Miguel! Quien llegó al final de su vida esplendorosa más reconocido como “El Machaco” por sus queridos compañeros de La República.

“¡Machaco, Machaco, Machaco!”, le llamaban, “es hora de la tertulia en el café”. La cual Miguelito adornaba con sus miles de anécdotas.

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Paseándose por la redacción de este diario, con su franca sonrisa y abierta conversación, fue maestro de varias generaciones de reporteros, porque don Miguel se formó en las salas de redacción de “Diario de Costa Rica, “La Hora”, “Excelsior” y “La Prensa Libre”, primero como reportero de deportes, antes de que creara “La Purruja” y después “La Machaca”, páginas de fino humor, de picaresca censura, de orientación política que lo inmortalizaron.

En la década 70-80 compartí con Miguel muchas fuentes del deporte; la Federación de Fútbol, el Tribunal de Penas, la Copa del Café, el “Palco de los elefantes” en el estadio Saprissa, el Parque Escarré.

“El Machaco” amaba al Saprissa y al béisbol, y fue presidente de la federación de este deporte. Conocía y manejaba a dedillo lo que tuviera que ver con NBA, fútbol americano y Grandes Ligas, y daba la vida por su Rácing de Avellaneda, cuya camiseta portaba con orgullo los “viernes de moda” en el periódico.

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Consejero “escondido” de presidentes de la república; ministros, políticos y diputados lo llamaban todos a su escritorio para pedirle consejos sobre la marcha de su querida Patria, a la que defendió desde su página como ciudadano de oro puro.

Su crítica ácida con fotografías que hacían soltar la risa, su humor blanco y esa “Machaca “ que punzó y levantó roncha, puso a temblar a la clase política costarricense, que solía comunicarse con Miguelito, para que, en un almuerzo, firmaran la paz.

“La Machaca” fue lectura diaria obligatoria de miles de costarricenses, una página que orientó los destinos de la Patria a punta de sonrisas blancas.

Hoy su autor descansa en paz; su amada esposa doña Irene, quien se le adelantó no hace muchos meses en el viaje eterno, lo “llamó a filas” y el “Machaco”, siempre amoroso y obediente la escuchó.

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