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Sábado 17 Mayo, 2014

En los últimos meses se ha puesto sobre la mesa la discusión acerca de los derechos de las personas de un mismo sexo


Mi vida, mi cuerpo, mi territorio…

“Yo quiero que entre José, no me quiero morir sin verlo otra vez...”, murmuraba Javier entre sollozos y con voz apagada. El monitor mostraba una señal débil, alterada únicamente por la tos que en ocasiones interrumpía la línea prácticamente horizontal que atravesaba la pantalla multicolor.
“¿Ni aun estando a punto de morirte vas a dejar de hablar de ese maricón? Qué descaro, de verdad que no tenés temor de Dios”. Respondió su hermano Ricardo, dejando ver el odio, el asco y la indignación que le causaba la idea de que su hermano siguiera abierto a su homosexualidad, aferrándose a ese amor humano que olía a pecado.
Esta respuesta la daba mientras continuaba intercambiando mensajes de texto con su hermana Carmen, con quien discutía en ese momento sobre las decisiones que debían tomar sobre los muy próximos restos mortales de Javier. Dónde iba a ser el entierro, quién iba a oficiar la misa, y por supuesto, que Ricardo no tuviera el “empacho” de avergonzarlos, atreviéndose a asomarse a la puerta de la iglesia. Suficientes vergüenzas habían pasado ya, a lo largo de los últimos casi 12 años de una relación oscura, escondida, de la que se comentaba en todo el barrio y de la cual sus blancas y puras almas no habían querido ni permitido ser parte.
Escenas como esta no son ajenas a la realidad que se vive diariamente en los hospitales, centros de salud, asilos y otras instituciones de cuidados en nuestro país.
Los estereotipos, la cultura tradicional, la falta de apertura y una continua batalla contra las estructuras anquilosadas en nuestra sociedad, no solo cercenan los derechos más fundamentales de las personas, sino que además constituyen uno de los tipos de discriminación más comunes en la cultura occidental.
Los convenios multilaterales para la protección de los derechos humanos, la Constitución Política y las normas básicas de convivencia social coinciden en que mis derechos terminan en el punto donde inician los de los demás. En tal orden de ideas, mi cuerpo y mi vida son mi territorio y por tanto escapan a las decisiones de terceros, salvo en los casos en que se haya dictaminado un caso de incapacidad mental y para los cuales se haya designado un tutor que actúa en su representación.
En los últimos meses se ha puesto sobre la mesa la discusión acerca de los derechos de las personas de un mismo sexo que conviven y construyen vidas juntas, con todas las implicaciones que esto conlleva y al tenor de opciones personales claras y sin ambigüedades.
Por esta razón, hemos escuchado voces impulsando el tema de las sociedades de convivencia y otras que tratan de opacarlas; hemos visto ingentes esfuerzos en la Caja Costarricense de Seguro Social por otorgar derechos al uso del seguro de salud por parte de las parejas del mismo sexo de asegurados directos, sin que se haya logrado llegar a buen puerto.
Existe sin duda alguna, una necesidad de cambio y ruptura de paradigmas; pero para ello, no podemos pretender abarcar la totalidad del asunto; el avance debe ser progresivo pero certero, y esto es parte de lo que el Hospital del Trauma del INS está llevando a cabo en su programa de calidad en el servicio y su conceptualización de la integralidad de los derechos de los pacientes.
En diciembre de 2013, tan solo dos semanas después de su apertura, el Hospital del Trauma diseñó un formulario que se entrega a cada paciente que es hospitalizado, en el cual la persona señala de manera específica a quién desea que se entreguen las tarjetas de visita, y quién estará a cargo de sus restos mortales.

Marcela Chacón C.

Asesora legal, Hospital del Trauma