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Viernes 2 Octubre, 2009

Mi paz con la naturaleza

Hace tres semanas alquilé un carro eléctrico para movilizarme por la Gran Area Metropolitana mientras lidero un estudio sobre los retos y oportunidades que Costa Rica tiene para convertirse en un país carbono neutral para 2021. Decidí usar un vehículo eléctrico porque no quería que mis actividades de investigación contribuyeran con las emisiones nacionales de dióxido de carbono.
Aunque la razón inicial fue ambientalista, las experiencias más bonitas que tuve fueron inesperadas y de índole social y económico. Algunas lecciones que aprendí se relacionan con el silencio, la facilidad, la eficiencia y la felicidad.
Como el pequeño carro atrae la atención de las personas, he conversado con muchas de ellas a mi paso por las calles. Aquí les comparto sus voces.
Silencio. “¿Cómo que está encendido?, pero no se oye nada,” me preguntan los vendedores de jocotes en las calles. El carro casi no hace ruido… y eso me ha dado paz. El domingo pasado hice un recorrido tempranero por El Tirol, en Heredia, con mi amiga Sarah. Lo único que interrumpió nuestra intensa conversación de cómo mejorar nuestro mundo fue el gorjeo de los pájaros y las brisas montañeras. Me pregunto, ¿cómo serían nuestras ciudades sin el ruido de los motores?
Facilidad. Por su diseño eficiente, muchos me comentan “Mae, con ese carrito usted se puede estacionar donde quiera, ¿verdad?” La infraestructura del centro capitalino causa molestias a casi todos los que conducen. Pero, como el “carrito” eléctrico es bastante compacto, yo pude maniobrar por las “presas” como un motociclista y siempre respetando las leyes de tránsito.
Eficiencia. “¿De qué tamaño es el motor?”, me preguntan en Cartago. “No sé”, les contesto. “El carro me da 80 kilómetros por carga”. Responden, “Ah, es suficiente, ¿verdad?”. Sí, es suficiente para la ciudad, pero como cada carga eléctrica es limitada, me he puesto a manejar más eficientemente. No acelero en las cuestas. Reduzco la velocidad cuando sé que voy a llegar a un alto. El freno es el enemigo de la eficiencia. Si condujéramos más eficientemente ahorraríamos en combustibles, mantenimientos y vidas.
Felicidad. “Papi ve qué lindo el carrito”, gritan los chiquillos de mi barrio en Moravia cuando me ven pasar. Todos me sonríen, algunos me dicen adiós. El estrés, las preocupaciones cotidianas y las arrugas en mi ceño se esfuman. Les sonrío de vuelta. Gracias. Han mejorado mi día. Qué lindo vivir en el país más feliz del mundo. Ayer, en la recepción de la UNED vi un rótulo que decía, “La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz”. No podría expresarlo de mejor manera.
El carro eléctrico me ahorró miles de colones en combustibles fósiles. No exporté mi dinero a países donde sus dirigentes no comparten la misma filosofía de paz que compartimos los ticos. Me siento feliz de que no he generado emisiones, pero aún más feliz de que he generado sonrisas.
He tenido más conversaciones callejeras en las últimas tres semanas que en las últimas tres décadas. El otro día en Alajuela, un vendedor de cargadores para celulares me dijo, “¡Mae qué chuzo! ¿Es el carro del futuro verdad?”. “No”, le respondí con una sonrisa, “es el carro de hoy”.

Roberto Jiménez Chaves
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