Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

Enviar
Lunes 11 Febrero, 2008

Mi Guanacaste querido

Claudia Barrionuevo

Lo primero que conocí de este país fue el centro de San José, que si bien no era una gran ciudad en 1972, tenía el encanto de una pequeña aldea. Lo segundo, fue Guanacaste, el Guanacaste de esa época sin hoteles, sin casas de lujo, con playas para todos, sin carreteras… (Bueno, esto último casi igual que ahora, pero a mí no me molesta.)
Luego conocí muchos otros lugares que me fascinaron. A pesar de lo pequeño que es este país —y de la suerte que he tenido de viajar dentro de sus fronteras— aún no lo conozco todo.
Y aunque reconozco la magia del Arenal y la majestuosidad de los canales de Tortuguero (los dos lugares que recomiendo de primera mano a quienes nos visitan) no he dejado de estar enamorada de Guanacaste.
Su pampa que —en los lugares más planos me recuerda a la impresionante pampa argentina—, sus atardeceres multicromáticos, la vegetación y la fauna del bosque tropical seco y su clima me resultan tan tentadores que a pesar de la distancia —en tiempo, no en kilómetros— que lo separan de la —ahora— enloquecedora urbe, acepto cualquier invitación que me hagan de pasar unos días allí.
Ojalá todo fuera tan perfecto. No. Guanacaste ya no es lo que era. Pero no nos pongamos viejos y nostálgicos por un tiempo que ya fue. El desarrollo nos alcanzó para bien y para mal.
Para bien porque cada vez más turistas nos visitan. Eso deja algunos ingresos (no todos los que debería) y le da trabajo a alguna gente del lugar (no tanto como debería).
Para mal, desgraciadamente por muchas más razones.
El problema nacional de la inseguridad ya ha empezado a atacar todas las provincias. Y el turismo, que sigue siendo una fuente de recursos importantísima para el país, corre el riesgo de disminuir ante la escalada de asaltos en las playas.
A pesar de que en Guanacaste vive gente de altísimos recursos cuyas casas han costado mucho más que el precio real de la construcción, no parece que las municipalidades estén cobrando los impuestos justos. Por lo tanto esas municipalidades no tienen los recursos suficientes para mejorar las condiciones de vida de los nacionales que habitan en esas zonas. No he notado cambios en la educación, la salud o la vivienda y solo he escuchado demandas de mejores caminos.
En muchas de esas alcaldías debe haber un alto grado de corrupción. De otra manera no se explica cómo se obtienen permisos de construcción masiva en lugares donde el agua no va a alcanzar en pocos años, el destino de la basura no ha sido considerado y el tratamiento de las aguas ha sido pasado por alto.
El Ministerio de Salud viene desempeñando una excelente labor y ante la contaminación fecal de las más bellas playas de esa provincia, se ha visto obligado a clausurar más de un local comercial y algunos hoteles.
Llama la atención —en realidad solo a los ingenuos como yo— que al realizar inversiones económicas tan grandes y rentables, los encargados no se preocupen en solucionar estos problemas que a muy corto plazo han tenido consecuencias catastróficas para todos, ellos incluidos.
No quisiera tener que cantar —modificando la letra de aquel tango de Gardel, “Mi Buenos Aires querido”—: Mi Guanacaste querido, cuando yo te vuelva a ver, no habrá más playas ni ticos.

[email protected]