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Mientras los países vecinos buscan mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos con mejor transporte público, en Costa Rica más bien se les castiga impidiéndoles circular en sus vehículos ciertos días, aunque hayan pagado su derecho a hacerlo todo el año

¿Mejoras o castigos?

Si bien en algunos aspectos el país logra avanzar y se nos conceden buenas posiciones incluso en ciertos rankings, es mejor que no nos midan o comparen en materia de transporte público porque tenemos un retraso contra el cual en los últimos diez años es poco lo que se ha hecho.
Mientras los demás países del istmo se mueven en este sentido en procura de proveer una mejor calidad de vida a sus ciudadanos y visitantes, San José sigue mostrando un sorprendente atraso y su población lo sufre, condenada a funcionar en medio de un desorden vial cotidiano que significa una enorme pérdida en tiempo y combustibles.
Panamá nos aventaja aprestándose a hacer lo necesario para que dentro de cuatro años su capital pase de ser una de las más saturadas a la más avanzada en materia de transporte público. El resto de Centroamérica también trabaja en modernizar estos servicios.
En Costa Rica se ha dicho mucho, pero no se han visto acciones concretas, más allá de las ideas o estudios.
Se dijo en un momento dado que para el año 2000 se reduciría a nueve el número de rutas de buses que ingresan al centro de la capital ya que en ese momento vencía la mayoría de concesiones. Sin embargo, diez años después de esa fecha siguen entrando las mismas 184 rutas al centro capitalino lo que suma unos 1.500 autobuses cada 24 horas, según lo informó este medio ayer.
La administración anterior anunció el proyecto interlíneas, que pretendía abrir siete nuevas rutas periféricas que no entrarían al centro de la capital, pero fracasó.
La supuesta implementación de un moderno tren eléctrico, similar al de los países desarrollados, tampoco pasó de ser una promesa.
Lo que sí es real es que el alto número de autobuses circulantes por la capital ha tomado las calles públicas para dedicarlas a terminales, agotando aún más el escaso espacio para circulación de nuestras angostas vías, a pesar de lo cual se castigó a los usuarios, que no tienen ninguna culpa de todo esto, imponiéndoles la restricción vehicular.
Es decir, que mientras las autoridades de los países vecinos buscan mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos en ese sentido, en Costa Rica más bien se les castiga por circular con sus vehículos ciertos días aunque hayan pagado su derecho a hacerlo todo el año.
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