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Domingo, 21 de julio de 2019



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¡Me fundí en el trabajo!

Sobre el síndrome de Burned Out

Laura Centeno [email protected] | Martes 18 junio, 2019


Este 20 de mayo la OMS declaró al Síndrome de Burned Out como trastorno mental. No puedo referirme a los aspectos técnicos médicos porque no soy psiquiatra, pero sí les cuento lo que viví cuando pasé por ahí. Acompáñame a leer esta triste historia… (pero de gran aprendizaje).

Burned Out es simplemente el estrés crónico por diversas dificultades laborales que no se gestionan exitosamente.

Algunas causas (pueden ser muchas otras) que originan esta enfermedad:

1. Liderazgo dictatorial: por parte de personas que exigen más allá de lo humanamente posible, dan énfasis en todo lo negativo y no en lo positivo. Usualmente son irrespetuosos, haciendo sentir a la gente como si fuera totalmente incompetente, hasta tener serias dudas acerca de las propias habilidades y vocación profesional

2. Mala remuneración: Es un tema delicado porque no permite alcanzar la auto-realización profesional si ni siquiera se pueden satisfacer necesidades básicas y esto deja una sensación de fracaso continuo.

3. Exceso de trabajo: Normalmente las jornadas laborales son muy extensas, incluyen fines de semana y ni siquiera se puede dar permiso a faltar aunque esté con “quiebra huesos” ni disfrutar de permisos para ver la presentación de los hijos en el show de talentos, partido de futbol o tomar vacaciones sin estar “conectado” trabajando porque el puesto “no lo permite”.

Las mujeres somos más propensas a sufrirlo por bajos salarios y para rematar, se nos endosa la responsabilidad de la administración del hogar, entre muchos otros roles que ni siquiera quisiéramos asumir (al menos yo no).

Cuando yo sufrí Burned Out, éstos fueron mis síntomas:

1. Insomnio: Me costaba conciliar el sueño y muchas veces me despertaba sobresaltada por temas pendientes que tenía que resolver con urgencia.

2. Migraña: Eran muy constantes los dolores de cabeza y andaba pastillas contra el dolor siempre en mi bolso.

3. Ansiedad: Pasaba con miedo y sospechas de que algo malo iba a pasar en cualquier momento durante el trabajo.

4. Miedo: A equivocarme y sentirme intimidada por el jefe, especialmente si no estaba logrando alcanzar las metas de facturación mensual que tenían que cumplirse sí o sí porque de eso dependía el el sustento de todo un equipo de trabajo, incluyéndome a mí.

5. Frustración: Nada de lo que yo hiciera era suficiente para cumplir los objetivos y metas que tenía que cumplir, por mayor esfuerzo que hiciera.

6. Llanto: Iba al baño a llorar, iba o venía al trabajo llorando en el carro mientras manejaba.

7. Ira: En mi caso, especialmente al limpiar, lavar, sacudir, ordenar y demás menesteres de la casa que no me gusta hacer. No soporto el desorden, pero a la vez quería patear el palo de piso, la escoba y la lavadora.

8. Agotamiento mental: Dificultad para recordar cosas, dispersión, olvidos frecuentes, dificultad para concentrarme por tratar de abarcar muchas cosas al mismo tiempo.

9. Depresión: Básicamente fue la suma de todos los síntomas anteriores.

10. Colapso: El momento en que simplemente mis patronos y yo tiramos la toalla y se cerró un duro capítulo en mi vida profesional.

¿Qué hacer?

Si te identificás con algunas de estas situaciones desde el punto 1 hasta el 5, lo que podrías hacer es comunicarte abiertamente, levantar la mano, pedir apoyo a los demás y con mucha transparencia, ser capaz de darte tu valor solicitando respeto, una compensación justa y acorde a tus conocimientos y habilidades y cubrimiento de tus necesidades esenciales; poner límites para evitar el abuso en la sobrecarga laboral y no aceptar malos tratos, NUNCA.

Hay que aprender a decir que no diplomáticamente en algunos casos, y crear consciencia para que se respeten los derechos laborales y la necesidad de que exista un balance entre el tiempo personal y laboral para que la productividad no se vea afectada por llegar a “quemarte”.

Si llegaste al punto 6 en adelante, es probable que ya no querás continuar trabajando en ese lugar, que busqués la forma de salir desesperadamente de ahí e incluso renunciar a pesar de no contar con otra opción laboral.

Si llegaste al punto 10 (colapso), es probable que necesités terapia psicológica y/o psiquiátrica para salir de ahí. Adicionalmente, es indispensable hacer un alto en el camino, tener tu espacio para meditar, replantearte tu verdadero propósito de vida, buscar algo que te haga feliz y dejar de sentirte miserable, mientras llega el pago de la quincena y huir de ese lugar donde te han exprimido a tal punto de querer desaparecerte del planeta.

En mi caso particular, muchas de mis frustraciones, congojas y lágrimas quedaron en una banda para correr, la bicicleta, un yoga mat y entrenamientos de fuerza y potencia de alta intensidad para desintoxicarme del estrés, de todas las malas vibras y olvidarme por un rato de todos mis problemas. El ejercicio se convirtió en una de mis limitadas fuentes de felicidad para tener un poquito de equilibrio en mi vida.

La disciplina deportiva es el mejor antidepresivo que existe y el liberador de endorfinas por excelencia. Así que cuando me veas entrenando, no es un tema meramente estético, es parte de mi terapia. Me brinda paz, tranquilidad y me ayuda a tener un mejor manejo de emociones como la ira.

Prestá siempre atención a tu estado de ánimo y cómo tu trabajo puede influir positiva o negativamente en tu vida. Si no te sentís a gusto, buscá siempre poner en una balanza los pros y contras, también debemos ser agradecidos de tener un sustento económico en tiempos de crisis. Si ese puesto llena tu propósito de vida, a pesar de que no sea el trabajo perfecto, entonces cuidalo delimitando las reglas del juego para evitar a toda cosa que te enfermés como me pasó a mí. Un fuerte abrazo, Lau.