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Sábado 9 Enero, 2010

Más allá de mí

La capacidad de mirar más allá de la existencia individual, permite la continuidad de la especie; esto porque nos facilita hacer previsiones que aseguren los medios necesarios a quienes nos sobrevivan. La solidaridad —preocuparse por el bien de los otros— parece ser un indicador de nuestra propia evolución.
Desde el punto de vista evolutivo, aquellas características de los individuos que los hacen más aptos para su supervivencia en el medio, prevalecen sobre otras menos adaptativas e inciden en la continuidad de la especie. No solo en el ámbito de las características físicas (el color del plumaje, el largo de las patas), sino también las de comportamiento y las psicológicas: un animal que conserva la calma y se oculta ante un depredador, podría tener más posibilidades de vivir que uno que entra en pánico y huye.
El ser humano tiene singularidades evolutivas muy interesantes. Una de estas, producto de la autoconciencia, es la capacidad de imaginar la continuidad del mundo sin su presencia. Hablo de la vida después de la muerte, no como un evento metafísico, sino como la certeza de que tras nuestra propia muerte, los otros continúan viviendo.
Algunos consideran que esta conciencia de nuestra mortalidad sirve únicamente para generar angustia, la que solo se calma mediante esperanzas —ciertas o vanas— de inmortalidad o realidades superiores que nos proveen las religiones; otros creen que es un instinto venido de lo divino o lo trascendente para que le busquemos y encontremos. Apartándome de esa discusión (por ahora), quiero centrarme en la ventaja evolutiva que representa esta capacidad.
Siguiendo la idea original, consideremos que son las características que permiten la supervivencia de la especie (no del individuo) las que prevalecen, por lo que la primera pregunta que habría de hacerse es: ¿para qué le sirve a cada uno imaginar más allá de su muerte?
Quizá esto se relaciona, en parte, con la búsqueda de la propia inmortalidad, ya sea por medio del legado, o de los descendientes (¿cómo o por qué seré recordado?, ¿qué les dejaré a mis hijos?). Con la certeza de que seremos juzgados, no por un ser superior, sino por las generaciones venideras.
Es posible que impresione estar mostrando una perspectiva muy ególatra, pero la idea de trascender, indiferentemente de los credos, está inmersa dentro de cada ser humano. Nadie ansía ser consumido por el vacío de la inexistencia y mientras se nos recuerde, de una u otra forma, existimos.
Incluso bajo la perspectiva de la fe, donde se busca hacer lo correcto, ya sea por convicción, por sentido de pertenencia a un pueblo santo o porque alguien invisible nos mira o nos señala, nuestro actuar nos mueve a asegurar la conservación del colectivo humano.
Bajo estas divagaciones me cuesta justificar ciertas conductas insensatas de muchos individuos, como la sed por el dinero a toda costa, el uso desmedido de los recursos hasta el agotamiento y la despreocupación por el otro. Todo esto parece inconsistente con el instinto de conservación, pero no hay que olvidar que especies enteras han desaparecido cuando ya no fueron capaces de adaptarse según las exigencias del entorno.
Muchos hemos pensado que posiblemente este mundo estaría (o estará) mejor sin nosotros, pues a veces nos comportamos como una plaga que consume todos los recursos, propios y ajenos. Somos como un ser que come su propia carne.
Pero puede ser que la lógica que propongo predomine al final y que no todo esté perdido. No nos es extraño que hoy día sean los hijos quienes enseñen a sus padres sobre el reciclaje; sé que en esto tienen mérito las mejoras de la educación y algunos intentos hechos por medio de la comunicación colectiva, pero quiero creer que en esto también influye nuestro ser interior que está evolucionando. Cada día somos más quienes queremos dejar este mundo algo mejor de cómo lo encontramos, y eso va en tono con una especie que intenta subsistir como un todo.
Y quién sabe, quizá luego de nuestra muerte, si tenemos razón los que creemos en una realidad trascendente, podamos mirar el fruto de nuestro paso por esta tierra y no sentirnos avergonzados. Luego de siglos de mirar las estrellas como hogueras celestes, descubrimos una realidad mayor en ellas; quizá luego de mucho mirar la vida como algo finito, veamos una realidad mayor en ella, o luego de ella.

Rafael León Hernández
Psicólogo