Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 15 Agosto, 2009


ELOGIOS
Madre hay una sola

No es justo que el Día de la Madre (o de las Madres como dicen algunos) sea una fecha ocasional, comercial y cursi, por añadidura. Por de pronto no es de las madres porque como dice el tango “madre hay una sola…”
Esto es elemental: hace 25 mil años la familia era un matriarcado, porque al no existir la monogamia, el único vínculo era la madre. Es decir, no se sabía quién era el padre. Hoy por hoy, tal vez tampoco, con precisión. Pero si madre es un hecho biológico, ser padre es tanto o más digno. Adoptar como hijo alguien a quien se quiere y se cría, más allá de un ADN, es digno de todo encomio.
Largo camino han recorrido las madres quienes hasta la mitad del siglo XIX vivían para parir puesto que sus hijos morían en alta proporción debido a la falta de higiene, pero en pocos años, desde la aparición del agua potable la proporción se invirtió y ya no fueron necesarios tantos partos para que sobrevivieran sus hijos; la medicina avanzó y pasamos de la familia victoriana a la nuclear hasta que el control de la natalidad hizo el resto.
Más del 50% de los niños nacidos en Costa Rica durante los últimos años no tienen padre visible y una buena parte de ellos son reconocidos por el ADN, obligadamente, otros menos serán hijos de madres solteras a quienes festejamos hoy en su día, no solo a las que dedicaremos un almuerzo, rodeadas del amor de sus herederos (una vez al año).
Imagino que este día no será tan de las madres como del comercio, lo que debe esperarse de un año en crisis y que mis palabras pueden resultar inadecuadas si tenemos en cuenta las loas que se cantarán a las madres desde lo cursi hasta lo ridículo pasando desde ya por lo sincero, aunque menos.
Mi abuelo Cayetano fue hijo de una joven paraguaya que de la Guerra de la Triple Alianza fue reclutada para el servicio doméstico de una familia de cierta alcurnia de Buenos Aires, nació en 1874 y fue adoptado como se estilaba entonces, con un padre de 13 años y una mamá de 14, pero heredó el apellido de la abuela, Juana Lago.
Lo criaron y se casó con mi abuela Elvira Serrano, madrileña cuyos hermanos, policías todos y de los bravos, lo rebautizaron con el apellido Barrionuevo, un lujo inesperado, cuyo origen desconozco.
Mi madre, María Delia Rey, fue una mujer excepcional, como sus siete hermanas, hijas de gallegos y fuente de ética y moral para nuestros principios.
Pero Juana Lago como la madre de mi amigo tanguero, el Dr. Fernando Tristán son —con el permiso de ustedes— las que quiero homenajear, ya que la señora Tristán era minusválida y aunque Fernando no conoció a su padre, encontró en su madre una persona que cosía muñecas y sus vestidos y él que la ayudaba, también escogía las telas para pagarse sus estudios y las vendía a Modas Carmen de la Avenida Central, en diagonal a Musmanni.
El homenaje a las madres lo centro en la madre de Fernando, pero en especial en él, odontólogo distinguido, porque nunca tuvo inconveniente en revelar su origen, con pleno orgullo por esa mujer que fue tan madre como la madre de mi abuelo Cayetano Lago.
Como decía Borges, no sé de dónde vengo porque en mi árbol genealógico de prosapia aristocrática de alcurnia, alguien pudo cometer un desliz y eso ya no es demostrable.

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