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Martes, 13 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


Los vecinos

Leopoldo Barrionuevo [email protected] | Sábado 29 agosto, 2009



Elogios
Los vecinos

Vecino viene del latín vicus, lugar, sitio, colonia y a su vez, del griego voikos o bien, oikos, casa y pasa al italiano como vicino, cercano. El vecino es el que está próximo, cercano al lugar donde estoy asentado, donde moro, donde sueño, muy diferente del extraño, del diferente, del extranjero.
Cuando era niño, me crie en el Bajo Flores de la ciudad de Buenos Aires, un barrio que había sido levantado unos diez años antes, las casitas baratas del Barrio Varela, que aún están en pie por más que hayan sido modificadas una y otra vez. De algún modo carecíamos de raíces criollas, éramos hijos de inmigrantes y en el barrio los idiomas y dialectos europeos eran abundantes y nos tornamos medio poliglotas: tanos, gallegos, rusos, polacos, croatas y los hebreos a los que llamábamos rusos, mientras todos los españoles eran gallegos, para nosotros. Pero a todos los queríamos por igual.
Lo que empezó a separarnos fue primero la Guerra Civil Española y ya hubo socialistas en el vecindario y poco después, el fascismo y el nazismo y de algún modo, el comunismo y el recogerse del judaísmo para protegerse de los odios que no pasaban de mirarlo mal a uno. Pero también nos llegó la adolescencia y el tiempo de las serenatas, y los bailes en la calle con las vecinas que sacaban las sillas a la vereda y cerraban la cuadra con camiones para impedir el escaso tránsito; nos soportábamos y los logros de cada uno eran también los logros de todos, como el de Alfredito de la calle Directorio que venía de Barracas y acariciaba la pelota en las mejengas de potrero. Después fue Distéfano para todos.
Los vecinos se pedían alguna especia, algún huevo, algún tomate, un bollo de pan, una flauta (hoy la rebautizaron baguette) o una medialuna (hoy croissant) y la yerba mate. Pero daba vergüenza pedir prestado el vino y más aún la carne, más bien uno le pedía al carnicero el bofe p’al gato que era el hígado, que como otras entrañas no se cobraba, aunque el carniza sabía que no teníamos gato. El fútbol también nos dividía pero sin que la sangre llegara al río y lo notable es que nos visitábamos, nos apoyábamos mutuamente y compartíamos penas y alegrías…
Después llegaron los departamentos, los condominios, donde nadie se conoce porque se vive enrejado y los vecinos solo se ven para la Junta del condominio, alrededor de guardas y conserjes. ¿Qué fue del vigilante de la esquina que resolvía conflictos sin llegar a la Sala Cuarta?
Y usted ya sabe cómo son las cosas: todo el mundo te dice “¿qué pasa hermano que nunca me visitas? Déjate ver por casa, no seas egoísta, llámame” y te lo dice alguien que vive para dentro, que no te da el teléfono y ni siquiera la dirección electrónica. Nadie invita a morfar, todo el mundo en el riel…

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