Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 5 Diciembre, 2009


ELOGIOS
Los principios

Hay que sacudirse un poco el cambio para no entronizarlo como una obligación y recordar a los jóvenes que mal o bien este mundo se basó en normas sociales y morales que nos ayudaron a construir vidas, familias, relaciones y lo poco o mucho que tenemos al promediar nuestra existencia.
Mi viejo, que fue una abeja en la colmena, te decía pocas cosas pero eran como los Consejos de Martín Fierro a sus hijos: sin vueltas, simples pero de profundas enseñanzas. La vieja —que era la autoridad tras bambalinas— era una simple ama de casa con primaria apenas pero gran lectora en felices tiempos sin TV, sin celulares, de comida casera y orgánica que llegaba diariamente a la heladera, un cajón forrado de aluminio y con trozos de marquetas de hielo picado para cocinar hasta el final alimentos frescos que no podían aguantar pero que te los traían a la puerta de tu casa no enrejada y con leche humeante de la vaca ordeñada in situ.
La vieja te amenazaba con el regreso del verdugo — que era nuestro padre— quien de mala gana ejercía el castigo requerido y la vieja mantenía la imagen de bondad pero también de control y vigilancia. No te salvabas del rincón donde te plantaban por un tiempo que se cumplía puntualmente y santo remedio, todo acababa allí.
No puedo imaginar que un representante de derechos humanos nos visitara para citarlo por traumarnos con malos tratos que perturbaban nuestro crecimiento porque Freud era un ilustre refugiado de guerra que muy pocos conocían, pero lo que sí imagino es la patada en el fondillo que mi viejo le hubiera aplicado al intruso a la vez que le hubiera dicho que en su casa mandaba él y no un pendejo sin oficio.
En la mesa no se hablaba si lo hacían los mayores y tenías que tener autorización para hacerlo pero se conversaba abiertamente cuando teníamos turno y no se disentía en temas de principios; no te levantabas sin pedir permiso y decías “buen provecho”, cedías siempre el lado de la pared a las mujeres y si eras adolescente saludabas con una leve inclinación y un toque al ala del sombrero; las personas mayores recibían tu homenaje sin carné de ciudadanos de oro y los ayudabas a cruzar la calle pidiéndoles permiso para hacerlo.
Es decir, la cortesía ciudadana, el respeto por los demás y la responsabilidad social hacían la diferencia con la ciudad vocinglera de hoy, el fútbol que justifica lo peor de nuestro comportamiento se jugaba con un público que llenaba las tribunas, de traje y corbata y con cabeza cubierta, como se observa en las fotografías de época, en las cuales hasta los niños pobres se cubrían con gorras de visera. Yo sé que suena a ridículo y acartonado hoy, pero la actitud hacia los otros, el respeto por los ancianos, el cuidado por los niños y la cortesía con las damas eran normas que se cumplían porque te educaban para ello.
¿Y los políticos? Eran seres pensantes sin asesores. Nunca olvidaré que un diputado tío de un compañero de escuela se suicidó para evitar la vergüenza porque se supo que su amante había cobrado 15.000 pesos por la comisión de unos terrenos de El Palomar. ¿Por qué no habrá intentado hacer pasar esa mínima suma como honorarios como asesor de algo? Bueno, porque los asesores no existían en la medida que la gente trabajaba.
Y como esa misma gente no era encuestada, para las elecciones los políticos esgrimían ideas, conceptos, principios y soluciones. No como ahora en que encuestan de qué se quejan los votantes y anuncian con toda valentía: Yo acabaré con eso… Pero no dicen cómo.

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